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Cuentos fantásticos para niños fantásticos

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"Los cuents son como ventanas diminutas que nos permiten asomarnos a otros mundos, a otras formas de pensamiento, a otros sueños. Son vehículos que nos transportan hasta los confines del universo y nos traen de vuelta a casa a tiempo para cenar". -Neil Gaiman Sería un tremendo error que te contara yo de lo que tratan estos cuentos. ¡Son tan cortos! No me gustaría mencionar detalles importantes solo para atraer tu atención y luego, cuando estés ahí leyendo el relato, sientas decepción al saber entonces lo que va a ocurrir. Te diré que suceden cosas muy emocionantes en estos relatos, y también unas muy tristes. En ocasiones, hay tanta aventura que la historia nos atrapa por completo y de momentos se nos olvida que estamos en realidad sentados, viajando con la imaginación. Otras veces, los protagonistas están tan cansados y aburridos de su cotidiana vida, así como nos pasa a todos en algún momento, que resulta inevitable sentir lástima y angustia de esos pobres niños. ¡Ah!, desearía tanto que acompañaras a Mateo y a Zaira en su decisión sobre la vida; o que ayudaras a Nicolás en su búsqueda por los botones de plata; o, tal vez, que convencieras a mi amigo del desván para que no se tomara la vida demasiado en serio. ¿Sabes?, creo que a Eduardo le vendría muy bien un amigo fiel y bueno que le acompañara en su caminar por la vida recordándole que es un chico mucho más afortunado de lo que a veces se atreve a imaginar. Pero, ya no diré más. Tengo la sensación de que he hablado más de la cuenta...
Anno:
2018
Lingua:
spanish
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Anno:
2019
Lingua:
spanish
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Cuentos fantásticos para

niños fantásticos





SOFÍA GUZMÁN



Cuentos fantásticos para

niños fantásticos





PSBeditorial





Cuentos fantásticos para niños fantásticos



© Sofía Guzmán, 2018

© de esta edición: PSB Editorial



Portada: Aprilia Muktirina



Hecho en México

Primera edición en México: agosto del 2018



ISBN: 978-1717134967



Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquilar o prestamos públicos.





.«El hombre más pobre no es el que no tiene dinero, sino el que no

tiene un sueño». Dr. Kenneth Hildebrand





PRIMER RELATO



La niña de la laguna





Había cumplido cuatro años, Mateo, cuando su madre murió.

Era tan pequeño e inocente que le pareció muy triste la manera en que todos despidieron a su madre, aquella tarde, en que emprendió su viaje; ese recorrido prolongado y ligero que es eterno y del que nunca se regresa.

Luego de su muerte, la gente murmuró que era una mujer cansada de la vida, y que sin piedad o clemencia, decidió marcharse sin consultarlo con absolutamente nadie. Mateo no estaba muy seguro de esto, aunque tampoco estaba seguro de lo que se había llevado a su mamá.

Muchas cosas de las que estaban sucediendo no entendía, como lo era, por ejemplo, la manera en que el rostro de su padre había envejecido, o la velocidad con la que sus ojos se habían vuelto tristes y amargos.

Pero le pareció que lo mejor, respecto a su madre y a su padre, era revocar esos preciosos recuerdos que tenían juntos, e inmortalizarlos en la realidad, disfrutando tanto como pudiese del presente y mirando a los recuerdos del pasado cuando las cosas se tornases taciturnas y grises.

La noche en que su padre se acercó a hablar con él de cosas serias, Mateo miraba con nostalgia ; y alegría el fuego cálido de la chimenea, soñando con ideales y divagando en aventuras imaginarias.

—Mamá se ha ido, Mateo —le dijo su padre, cansado. Y aunque tratase de disimularlo, el pequeño vio, detrás de la cansada mirada de su padre, un dolor que no podía ser explicado—. No podremos volver a estar con mamá en tanto sigamos con vida.

—Lo sé, papá —asintió Mateo—. Sé que ha hecho un viaje, y que no volveremos a verla. Pero yo estoy bien, pues seguro que cuando la volvemos a ver, nos cuenta muchas cosas emocionantes e interesantes que habrá vivido.

Su padre asintió, tal vez consolado, y le abrazó con cariño y dulzura.

Le quería tanto…

Y era el único recuerdo vivo que le quedaba de su amada.



***



Detrás de la empinada colina que se alzaba a un lado de la casa en donde Mateo vivía, un árbol creció. Se volvió tal alto y ancho que brindó refugio a cientos de animales que crearon armoniosos hogares sobre sus ramas; y a partir del momento en que Mateo descubrió este lugar, decidió que se convertiría en su espacio favorito.

Tras la angustiosa muerte de su madre, el padre de Mateo lo había llevado a vivir muy lejos; y fue tanto el afán del padre por alejarse de aquel lugar, que dos años después, cuando Mateo tenía ya seis, compró una casita en medio de un curioso y bello bosque, allá por las fantásticas tierras de Quebec.

El niño había crecido de esa manera, y con el tiempo, los lugares ocultos muy adentro del bosque y los pequeños animales que en él vivían, se volvieron sus mejores amigos. Porque, ese silencio agradable que reinaba en el bosque, donde el murmullo del viento no era más que una melodía dulce y cariñosa, acogieron a Mateo y le brindaron el hogar que nunca más consiguió salvar, a partir de ese día, cuando su madre se marchó.

Seguido se preguntaba muchas cosas extrañas y pensaba día con día en su mamá… ¿Cómo se hallaba ella? ¿La estaban tratando bien, allá, a donde había llegado? Esperaba que sí, porque él y su padre rezaban todas las noches para que fuese así. Aunque…, bueno, últimamente solo rezaba él. Su padre ya casi no regresaba a casa de buen humor, y Mateo prefería entenderlo y no robarle su tiempo. Lo extrañaba, y bastante, pero no podía hacer nada para que las cosas volviesen a ser como lo eran antes. Antes, de que su madre muriese. Pero, Mateo tampoco la culpaba de aquellos cambios en su vida. No, ni mucho menos, porque él sabía que ella jamás se habría marchado así, sin despedirse, y seguro que todo tenía una explicación. Porque, en esta vida, algunas cosas fueron hechas para no ser entendidas, y eso está bien. Y Mateo lo sabía.

Una tarde de abril, de esas dulces y perfectas en que la primavera se deja sentir, y el cielo celeste, brilla con una gloria y majestuosidad tremenda, Mateo decidió caminar hasta su árbol favorito; no sin antes, por supuesto, llevar consigo un libro y una barra grande de chocolate tostado.

El camino por el que le gustaba irse para llegar hasta ahí era el que cruzaba por la Laguna de las Estrellas, una pequeña, más hermosa y oculta. No había peces en ella, aunque a Mateo le habría gustado que fuese así, pues entonces emplearía mejor su tiempo atrapando los peces en lugar de sentarse a un lado de su árbol favorito a mirar el tren. Porque, muy cerca de donde el niño tenía su espacio favorito, las vías del ferrocarril cruzaban, y todos los días, por la mañana, podía disfrutar del rígido y gracioso viaje que aquella máquina, antes de vapor, hacía.

No se sentía muy cansado cuando se sentó sobre una grande roca de la laguna para descansar, sin embargo, le agradaba hacer aquello puesto que podía mirar con tranquilidad a los inocentes pajarillos que de vez en cuando bajaban a beber. Los rayos del sol rasgaban el agua, marcando rayas sobre su aterciopelado mando cristalino; y la vista que juntos brindaron a Mateo, fue única y espectacular.

Mordió su chocolate otra vez y saboreó su amargo y crujiente sabor, delicioso y perfecto.

Y fue, en ese momento, cuando de pronto escuchó un chapoteo en el agua. Se puso de pie para mirar mejor, pero el reflejo en el agua le cegó la vista.

Entonces, cuando se cambió de lugar para volver a ver, se quedó pasmado al observar la escena que a continuación he de relatar.

Pues, surgiendo de las aguas, la silueta de una chica apareció.

No consiguió reconocer el rostro de la niña al instante, pues el sol también se asomaba desde ahí y resultaba imposible ver de quién se trataba. Sin embargo, cuando la niña se volvió a mover, saliendo ya de la laguna, Mateo pudo ver que llevaba puesto un vestido blanco de algodón y que estaba descalza. Parecía un poco mayor que Mateo, quizás dos años más, y el color de su cabello resplandeció tan blanco y puro como el color de la luna.

Andando a trompicones por el agua, murmuraba palabrotas y soltaba continuos aspavientos. Se veía muy, pero muy enojada.

Maravillado, puesto que Mateo no estaba muy acostumbrado a ver a gente de su edad, se le quedó mirando todo el rato. Sin embargo, cuando ella pasó a su lado y se detuvo para verle la cara, le frunció el entrecejo y murmuró una palabra que el niño no alcanzó a comprender. Entonces, pasándole le largo, se marchó.

Pasmado, Mateo no supo que había sido lo que de aquel modo la espantó. Pero de pronto bajó la mirada y atisbó en su delicioso chocolate, del cual, quedaba ya muy poco, y pesó que era un egoísta.

—¡Perdón por haberlo comido sin darte también!— Gritó el niño, y salió corriendo hasta alcanzarla. Y al llegar, le tomó del hombro y le giró para poder hablarle: —en verdad sé lo desagradable que resulta —le confesó—. Ya queda muy poco, pero te lo quiero regalar —y le tendió el chocolate.

La niña, con la frente fruncida, miró el dulce, que estaba pegajoso y embarrado a la envoltura de plástico. Miró al niño, luego al dulce, y encones negó con la cabeza:

—No —dijo ella—. No me interesa tu chocolate.

Y una vez más, apresuró el paso.

Quedándose solo unos segundos ahí parado, Mateo se sintió confundido y extraño. ¿Qué diantres le pasaba a aquella niña? Y como no pensaba quedarse con la duda, corrió hasta llegar a su lado.

—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntó a la niña—. ¿Estás enfadada conmigo?

—No, no estoy enojada contigo —contestó, y otra vez le ignoró.

—Si no —insistió Mateo—, ¿entonces qué es lo que tienes?

—No es algo que te incumba—le gruñó.

—Pues claro que no —reconoció Mateo, andando a su lado sin dejar de sonreír—, pero aún soy pequeño y encuentro mucho interés en las cosas que no me incumben. ¡No puedo evitarlo! —confesó—. ¿Eres de por aquí? Nunca antes te había visto. ¿Qué hacías dentro del lago? Estás toda mojada.

—Niño —le detuvo ella, furiosa—. ¿Siempre haces tantas preguntas?

—Bueno —dijo, pensando—, sí, supongo que sí. Pero procuro hacerlas específicas para no tener que hacer tantas.

Deteniéndose a su lado y entendiendo que no conseguiría quitárselo de encima, la niña dijo lo siguiente de muy mala gana:

—Verás, estoy enojada —a lo que Mateo contestó asintiendo—, y eso significa que no tengo ganas de hablar.

—Yo puedo ayudarte.

—Ah, ¿de veras? —dijo con ironía.

—Sí, pero a cambio tendrás que contestar mis preguntas —demandó.

—No.

Mateó había notado que la niña caminaba por el sendero que él había tomado para llegar hasta ahí, pero no había dicho nada, pues esperaba, con algo de suerte, llegar hasta su propia casa y entonces convencerla de que se quedase a tomar limonada y galletas con él.

Pasó un rato.

El sol comenzó a encenderse y las primeras estrellas a brillar en el cielo.

Y finalmente, como tanto deseó que sucediera, se detuvieron delante de una casa. Y fue cuando ahí, la niña no supo qué hacer.

—Esta es nuestra casa —le informó Mateo, de buena gana—. Esperarme en el establo, allá atrás, mientras yo voy por limonada y galletas. No te vayas.

Y se echó a correr.

Cuando regresó, halló a la niña tumbado sobre una paja, descansando. Su mal genio aún se podía ver; no obstante, era más bien la tristeza quien se había apoderado de ella.

Mateo entró, muy educadamente, y se sentó a su lado. Al ver que ella se veía muy triste, le tendió un vaso de limonada y una galleta; los cuales, quizás al principio con un poco de recelo, acabó aceptando.

—Me llamo Mateo —se presentó el niño—, y tengo seis años.

Sin contestarle, la niña lanzó un mordisco a la tostada galleta; y haciendo una mueca de asco, la escupió. Mateo, de eso no dijo nada; en realidad, a él tampoco le había parecido que estuviesen tan buenas.

—Yo me llamo Zaira —dijo la niña, con una voz tan suave y dulce que parecía ajena a este mundo—. Tengo nueve años.

—¿Qué hacías dentro del lago? —volvió a preguntar Mateo.

—Porque he sido enviada a la Tierra, como castigo, y eso no me gusta porque la Tierra está lejos, muy lejos de casa.

—Oh, de verdad lo lamento —se compadeció el niño.

—Además —continuó ella, ¡he sido puesta dentro de este cuerpo que parece una cárcel! —y se dejó caer con desdén.

—¿Y qué has hecho para que te castiguen de esta manera? —quiso saber Mateo, interesadísimo en la historia.

—Bueno, es complicado. Según me dijeron, me he vuelto «egoísta».

—¿A qué te refieres cuando dices «me dijeron»? ¿A quién te refieres? —preguntó, ignorando el egoísmo de la niña

—Oh, pues, —meditó ella— me refiero a los del País de las Almas, claro. De ahí vengo yo.

—¿País de las Almas?—murmuró el niño para sí.

—Cuando las almas no se están comportando adecuadamente —continuó Zaira—, las castigan. Yo, le grité a mi madre y le dije cosas muy feas. Me dijeron que me mandarían lejos para castigarme, pero este mundo es triste, traicionero y feo. Además, ya he aprendido mi lección.

—¿Cuánto tiempo llevas en la Tierra? —preguntó Mateo. —¿Te han sucedido cosas malas mientras estabas aquí?

—Oh, ¡tantas cosas! —exclamó Zaira. —Llegué hace apenas dos días. Y al principio, me topé a un hombre que trató de matarme, aunque gracias a una ardilla astuta pude escapar; luego, una serpiente intentó morderme el tobillo, no obstante, un amable zarzal me advirtió y conseguí librarme a tiempo. En fin —suspiró—, he dejado de querer a la gente de esta tierra; he perdido la esperanza en ello. No pienso volver a confiar en nadie.

—Comprendo —asintió el niño—. Querer no es malo ¿sabes? Ni tampoco difícil. El problema está en que las personas te quieran de vuelta, y pocas veces lo hacen. Mi madre —dijo Mateo, dándole un ejemplo—, antes de marcharse, me quería muchísimo, un montón, y seguro que me sigue queriendo; pero, desde que ella se fue, no he podido entregar mi corazón a nadie más.

—¿Y a dónde se fue? —preguntó Zaira.

—Me dijeron que a un viaje eterno, del que no se regresa jamás. Creo que se llama Muerte, pero no lo sé. ¿Tú qué piensas de eso?

—Lo cierto es, que tampoco sé mucho de la Muerte. Pero en casa —en el País de las Almas— me advirtieron de que esa era la única forma de volver. Me dijeron que solo así conseguiría liberarme de este cuerpo. ¿Tú puedes explicarme lo que es morir?

—La verdad —dijo entonces el niño— que no conozco mucho el tema, así como tú; aunque, sé de algunas formas de morir. La tía de mi padre, por ejemplo, murió atropellada por un automóvil; dicen que no sufrió porque todo pasó muy rápido.

Mateo agarró una galleta del plato y se la comió.

Zaira, mientras tanto, anhelaba con todo su corazón poder regresar a su país, a sus tierras.

Entonces, de manera fugaz, aunque esta vez para quedase, llegó hasta ella una genial idea. Y no tardó en contársela a Mateo:

—Si te pido un favor —insinuó ella—, ¿me ayudarías?

—Bueno, haría todo lo posible —aseguró Mateo.

—Quiero volver a casa —aseguró Zaira, con firmeza—. ¡La extraño tanto! —y suspiró—. Tú, Mateo, ¿no extrañas a tu madre?

El chico no tuvo ni qué pensarlo.

—¡Ni te imaginas cuánto! —exclamó—. Espero ansioso el día en que comenzará mi viaje eterno también para finalmente verla.

—¿Me ayudarías a volver a casa? —le pidió de pronto la chica.

Mateo le miró un instante.

—Es…, es decir, que ¿quieres que te ayude a…?

—Sí —afirmó—: a morir. Quiero que tú, Mateo, me ayudes a morir.

Al pronunciar aquellas palabras, no parecía que sintiese miedo.

—¿Lo harías? —insistió—. ¿Me ayudarías a volver a casa?

El niño se lo pensó un poco.

—Bueno —titubeó—. Quiero decir, que, sí de esa forma serás feliz…

—¡Lo seré! —exclamó Zaira, suplicando con sinceridad.

—Bien, entonces lo haré —le prometió Mateo, y sonrió—. Mañana, por la mañana, el tres pasará; si nos damos prisa, conseguiremos llegar a tiempo. Podrás esperar ahí hasta que cruce la vía.

—¿Y piensas que funcionará? —dudó por un momento la niña.

—Vaya —titubeó Mateo—, yo me imagino que sí. Habrá que intentarlo. Si se trata de mandarte de regreso a casa con tu familia, al lugar al que perteneces, haremos hasta lo imposible por conseguirlo.

Y al cabo de un tiempo, se quedaron dormidos.



***



El día que siguió, el cielo amaneció nublado, melancólico y triste; quizás, era porque podía sentir el miedo y el dolor que se viviría al salir el sol. De cierto, no es posible saberlo con precisión.

Tal y como lo habían planeado la noche anterior, Mateo y Zaira iban de camino a las vías del ferrocarril.

De tanto en tanto, Zaira observaba al niño con interés, quien le guiaba a través de las plantas y arbustos con cautela, cariño y paciencia. Y ella, por un efímero instante, sintió una punzada desconocida en el corazón. ¿Qué era aquello? Pues, pensó que quizás, después de todo, vivir encerrada dentro de aquel cuerpo no era tan malo; por lo menos, no si tienen almas buenas, gente amable, caminando por ahí para compartir los momentos de la vida.

—Es allá —advirtió Mateo, señalando los barrotes de madera.

Subieron la ladera y se detuvieron al llegar.

—Tendrás que acostarte ahí —objetó el niño, indicando las vías del ferrocarril—. Mira hacia el cielo, para que no tengas miedo; será como disfrutar el baile de las estrellas para luego ir a reunirte con ellas.

—Gracias, Mateo —suspiró la niña, hablando con suprema sinceridad—: gracias por todo. Me parece que, al final, he encontrado a un amigo.

—Yo también creo que te has vuelto mi amiga —le aseguró el niño—. Y, si ves a mi mamá cuando llegues, ¿le dirás que la quiero y que la extraño mucho? Se parece bastante a mí; también tiene la nariz así… —y torció los dedos para formar la silueta ganchuda.

—Si me la encuentro —consagró Zaira—, te prometo que lo haré.

Y se acurrucó bien entre las vías del tren, acomodándose el vestido de algodón. Y a continuación miró al cielo.

—Mateo —le dijo, con la mirada fija en lo alto.

—¿Sí? —contestó el niño.

—Yo ya voy de camino a casa, y estaré bien —le aseguró Zaira—. Es hora de que tú también te marches. Tu padre se preocupará por ti si no te encuentra en la cama cuando se despierte.

—Que tengas buen viaje, Zaira —le deseó el niño.

Y con una última mirada, para asegurarse de que todo saldría bien, Mateo bajó la empinada y anduvo por el bosque, regresando a casa.

¡Qué contento se sentía! Pues, a pesar de lo pequeño que era, había conseguido ayudar a alguien. Ojalá su mamá pudiese haber estado ahí con él para abrazarla, para sonreírle y para habérselo contado todo…

El claxon del tren se escuchó a la lejos, grave y sublime como el sonido de una trompeta honesta.

Y Zaira, con una sonrisa en los labios, supo que pronto estaría en casa.





segundo relato



La conversación en el desván





A las ocho de la mañana, golpeando los tímpanos y chillando escandalosamente, Nicolás Castro escuchó a su lado izquierdo el despertador, que de un porrazo, apagó. La noche anterior se había quedado despierto hasta tarde, jugando videojuegos, y aquella mañana no le apetecía levantarse porque era sábado y tenía tanto derecho como le diese en gana de quedarse en su cama.

Aguardó unos segundos en medio de ese margen donde uno se queda en la cama, a medio dormir, pensando si debe continuar así o levantarse ya.

Se giró con pereza sobre su hombro derecho y miró a la ventana. El sol se filtraba por las cortinas, cálido, ligero y esplendente, pareciéndose a una delicada rama delgada cual extiende sus finos dedillos para impartir calor. Y lo sintió incómodo, pesado y caliente: directo en la frente.

Fue justo por eso, que, el sueño que lo invitaba a quedarse un poco más ahí se fugó con astucia. E incómodo y abrumado por el indecoroso saludo matutino que el sol le había brindado, se levantó de la cama y marchó con pereza hasta el cuarto de baño, en donde tomó una ducha larga y vaporosa de la cual salió limpio y renovado.

Mientras se arreglaba el cabello negro, que no dejaba de revelarse con tenacidad, se puso a pensar en sus padres. A pensar en que no vivían juntos por ese divorcio estúpido que habían firmado. A pensar que llevaba semanas sin estar con su padre y que eso le maltrataba.

Volteó al espejo para mirarse los ojos y estos le recordaron a Javier, a su padre, porque los tenía del mismo color marrón que él, así de coquetos y brillantes.

Su padre era un buen hombre, Nicolás lo sabía. Pero había tantas situaciones en que el chico no entendía por qué sus padres se comportaban así; como el divorcio, por ejemplo, que había desbaratado a la familia para convertirá en un tornado de desacuerdos y disputas. ¿Por qué tenían que ser así las cosas? Lo detestaba tanto, sobre todo porque su madre, Maribel, y sus hermanas gemelas, Victoria y Renata, nunca le prestaban suficiente atención. Decían que era muy pequeño para entender sus asuntos, cosas de mayores, o que un niño de ocho años no tenía por qué andar todo el tiempo molestando a señoritas de catorce. Y no faltaba, por supuesto, que día tras día le recordaran que hasta que madurara, y solo tal vez, entonces la gente tomaría en cuenta algunas cosas de las que el niño comentaba.

Sin embargo, Nicolás nunca se tomaba la molestia de explicarles que quizás nunca le gustaría llegar a ser adulto. Porque los adultos casi nunca hacen lo que quieren, y cuando lo consiguen, es a costa de lastimar a otros. Ah, ¡le era tan común escuchar a adultos decir cosas que jamás cumplirían! E inclusive, oírles hacer cumplidos que en realidad no sentían… ¿Era algo bueno, después de todo, desear que los demás lo viesen como un adulto? No estaba tan seguro de ello.

Aunque, quizás dejando de lado el hecho de convertirse en un verdadero adulto, sí que sabía lo mucho que deseaba poder crecer dos centímetros más para no tener que usar nunca jamás ese terrible banco de madera que usaba para alcanzar el lavabo cuando se cepillaba por las mañanas y por las noches sus pequeños dientes. Pensaba que, si era lo suficientemente grande como para poder atrapar sin vergüenzas una pelota de beisbol, seguro que todos los fines de semana su padre lo invitaría a comer con él.

Un poco decepcionado de sus pensamientos, Nicolás Castro brincó con desgana y salió de su recamara, encaminándose firme a la cocina, donde el resto de su familia (excepto su padre, por supuesto) le esperaban para desayunar.

—No sé si debo ponerme la blusa blanca o la negra. ¡Es tan difícil decidir! —suspiró Victoria, la hermana mayor, que miraba con desesperación las dos prendas que tenía delante.

—Aquí viene Nicolás —dijo Maribel, la madre, y agregó—: Tal vez él te lo pueda decir.

Victoria lo miró con ojos suplicantes, como si se tratara de la decisión más difícil que jamás habría de tomar.

—Dime, hermano —le rogó—: ¿cuál debo de usar? —y alzó ambas blusas para que pudiese distinguirlas.

Muchas veces (en innumerables ocasiones pasadas), el mismo dilema vano de su hermana había estado presente. Pero Nicolás era un niño, (ni siquiera un muchacho todavía), y si era honesto, no tenía el menor interés en la ropa que su hermana decidiese usar.

—El negro —murmuró, y eso tuvo que bastar.

Las mañanas, sobre todo durante los sábados, Nicolás se levantaba con un hambre ávido, capaz de acabarse solo una barra entera de pan y un frasco completo de mermelada de frambuesa. Por eso, se sirvió cuatro panes tostados y les untó mantequilla y mermelada jugosa y lo acompaño todo con un vaso de leche fría. El desayuno estaba tan dulce, blando y sabroso, que le ayudó a vigorizar los ánimos, tan solo muy poco, pero fue suficiente para que volviera a él algo de calma y humor.

—¿Qué planes tienes para hoy, Nicolás? —preguntó su hermana Renata, hablando son sutileza y autoridad.

—Es sábado —contestó este, alzando los hombros con pereza—. No veo por qué tengo que estar con otra gente si no me apetece.

—¿Es porque no tienes amigos? —insinuó ella, tratando de encolerizarlo. ¿Por qué tenía que haces cosas así? No era necesario enfurecerlo de esa manera, y le dolía que fuera su hermana quien lo hiciera. Nicolás sabia, de cualquier manera, que su actitud era fruto de que sus padres tampoco se interesaran en sus asuntos.

—No —afirmó Nicolás, intentando controlarse—. Me quedo en casa porque quiero. Si papá estuviese aquí, jugaría beisbol con él. Pero… ¿sabes una cosa? Papá no está.

En ese momento, todos callaron ante la declaración del pequeño, que tratando de ser paciente y tolerante, había sido arrastrado por ese sutil arrebato que nos controla si no nos decidimos por darle un alto. Y su madre, Maribel, no ignoró la insinuante manera en que Nicolás, una vez más, había mencionado la desolada ausencia de su padre.

—Nicolás… —comenzó a decirle su madre, dejando ir un suspiro—. No es necesario que comien…

—Déjalo así —impidió el niño, decepcionado—. Porque ya sé lo que me vas a decir. Ya sé que la culpa no es tuya. Sé que dirás que la tiene papá y que hay cosas en la vida que son solo así, que no podemos y nunca podremos cambiar, y que no debo meterme en asuntos donde no me llama. Ya lo sé.

—Nicolás, por favor. No debes malinterpretar las cosas… —trató Maribel de continuar, pero el chico interrumpió:

—No, mejor para tú. Por favor —respondió Nicolás, sintiendo un remolino de emociones en su corazón. —Veo las cosas como son, aunque ustedes piensen que estoy muy pequeño para entenderlo. Quizás lo soy, pero lo entiendo todo muy bien. Porque sé que alguna vez prometieron amarse y cuidarse durante toda la vida, hasta que la muerte los separase, y que muy deliberadamente han faltado a su palabra.

Cuando el niño dejo de hablar, nadie tuvo valor suficiente para ni siquiera añadir un suspiro. Porque, después de todo, eran palabras duras y honestas y azotaron con fuerza al corazón de Maribel. ¿Qué podía contestarle? ¿Acaso iba a volver a mentirle, diciéndole que las cosas se arreglarían y que su padre volvería? No. Algo muy dentro de su ser le gritaba con desesperación que tenía que parar. Que ya era tiempo de enfrentarse al presente sin poner las esperanzas del pasado en el futuro. Así era la vida, ¿no? Porque, ella no había querido que las cosas terminaran como lo acabaron haciendo. ¿Era su error? ¿Fue su miedo al rechazo lo que la hizo llevar su vida por aquel camino? Se sentía misereaba de ni siquiera conocer la respuesta de sus propias preguntas.

Entonces ocurrió, dentro del silencio doloroso que se había esparcido por toda la cocina, que el teléfono timbró.

Renata suspiró, aliviada, y dejó caer con alboroto en su tazón las hojuelas crujientes del cereal mientras este salpicaba la cremosa leche que había servido antes. Antes, claro, de que toda esa confusión hubiese aparecido.

Victoria regresó sus pensamientos a la ropa y luego se marchó frustrada a su habitación. Así pues, Nicolás se quedó en la cocina, triste y solitario, sintiéndose miserable por la situación que enfrentaba su familia y por las palabras de coraje que le había arrojado a su madre. Ahora, se sentía arrepentido. Pero, ¿ya de qué servía? El daño estaba hecho.

—Hola —espetó Maribel, a quien sea que se hallase de otro lado de la línea.

Renata y Nicolás, la miraron con asombro, pues en un instante, que apareció sin previo aviso, asomó de sus ojos una imposición de amenaza, que solo el trabajo y el dolor consiguen impregnar para transformarlos en estrés. Asintió, cuatro veces, a lo que le siguió una afirmación. Entonces, acabando, puso de vuelta el teléfono en la mesa.

—Bueno, ¿qué es lo que pasa? —preguntó Renata.

Deslizando sus largos dedos entre la maraña de cabello castaño, Maribel dejó escapar una larga exhalación.

—Hablaron de la empresa—explicó, cansada y sin ganas—, y la presidenta llegará de imprevisto a la oficina, en una hora, y quieren que todos los de primer rango nos presentemos.

—¿Tendrás que irte ahora? —suplicó Renata.

—Sí, cariño. Nos vemos en la tarde.

Y sin despedirse, porque se sentía insuficiente, cansada, triste, y que los había defraudado, tomó las llaves de su auto y salió apresurada a las calles, en dirección a la oficina.

Tanto Nicolás como Renata, se miraron el uno al otro, mascullando un aspaviento e ignorándose el resto del cuarto de hora, que transcurrió a continuación. Victoria estaba en la ducha, cantando música en inglés, y Nicolás pensó que lo mejor que podía hacer en ese momento era sentarse en la sala, a leer un libro corto.

Si te has enredado en alguna novela fascinante, sabrás que el tiempo deja de existir por un lapso, mientras las páginas del libro avanzan impetuosamente, y cuando decides regresar al mundo real, muchas cosas han cambiado y parece que se trata de un nuevo día. Eso le sucedió a Nicolás, al terminar el capítulo de la novela y darse cuenta de que sus hermanas habían salido a pasear sin él, mientras se quedaba solo en casa, en silencio, tranquilo y solitario. Le pareció una sensación muy agradable, casi perfecta, de no haber sido por el timbre de la entrada que sonó de golpe, tal como un infarto.

En un principio, no se levantó para abrir la puerta, porque creyó que era sus hermanas, y él no tenía humor de recibirlas.

Sin embargo, volvieron a timbrar.

Y cuando anduvo hasta la entrada, abriendo la puerta con un humor fatal, algo consumadamente inesperado apareció.

Si hasta entonces, le parecía a Nicolás que las cosas con las que soñaba e imaginaba, donde dinosaurios y tortugas carnívoras eran los protagonistas, habían sido alucinaciones despilfarradas y locuras ingenuas, aquello que estaba delante de su casa resultaba ser la cosa más extraña, real y sorprendente que jamás había visto en su vida. Porque frente de él, había una iguana, del tamaño de un cocodrilo adulto, parada sobre sus dos patas traseras, y andaba, tal como un humano, sobre dos extremidades. Parecía también un dinosauro, aunque resultaba complejo discernirlo, sobre todo por ese abrigo largo y plateado que llevaba puesto, encima de la escamosa piel lúcida, gruesa y verdosa. Pero lo que a Nicolás más le asustó, fueron sus dos brazos, que eran iguales a los suyos, y que de cada una de las manos, le salían cinco dedos. Los ojos, de un verde aceituna muy profundo, eran granes y expresivos, y esa fue la pista que Nicolás tuvo para darse cuenta de que era un ser femenino.

—¿Se te ofrece algo? —preguntó el niño, casi sin voz.

—Sí, en realidad —dijo la visitante, agitada y preocupada—. Busco al Gato Colorido, ese que tiene los ojos morados y el pelaje de colores —se apresuró a describir—; y yo soy la Iguana Andante, mucho gusto.

Nicolás Castro parpadeó.

—No he visto a ningún gato de colores —contestó el niño, pensando que era una locura entablar conversación con una iguana andante y parlante.

—¿Estás seguro, jovencito? —insistió la Iguana, sigilosa. —Juraría que antes de desaparecer, le vi correr en esta dirección.

—Estoy muy seguro, señora. Ningún gato ha entrado en esta casa.

A pesar de la firmeza con que el niño respaldaba sus palabras, la Iguana no parecía sentirse satisfecha, así que insistió una vez más.

—Sé que estás muy seguro de lo que dices, chico, pero yo le vi cruzar esta puerta y esconderse de mí en esta casa. ¿Me dejas echar un vistazo? Es urgente, te lo pido —suplicó la Iguana.

—Yo —titubeó Nicolás—, no sé qué responderte.

—Te prometo que no tardaré —aseguró—. Es posible que, después de todo, tengas razón, y si el Gato Colorido no está aquí, muy pronto lo sabremos y me iré.

No solo en ese momento de silencio, sino que antes también, había especulado que se trataba de una tontería irracional, respecto a aquello que estaba sucediendo. Pero, había sido un mal inicio para su esperado fin de semana, y si añadía algo de misterio y peligro al asunto, seguro que recompondría la situación. Así que se armó de valor, alzó la barbilla puntiaguda y asintió:

—Supongo que puedes pasar, pero primero tendrás que prometerme una cosa.

—Lo que quieras —acordó la Iguana.

—Prométeme —aclaró Nicolás—, que no te robarás nada de la casa y no harás absolutamente ningún destrozo.

—Lo prometo —testificó la visitante.

—Entonces pasa —y se apartó el niño de la puerta, dejándole ingresar.

Avanzando con lentitud y clandestinidad, la Iguana Andante atravesó el pórtico y entró en la casa, que le pareció enorme, pulcra y finísimamente bien ornamentada, con sus modernos cuadros colgando de las paredes y los floreros vacíos encima de las vigas sobre las ventanas. No compartió sus convicciones con Nicolás respecto a lo hermosa que le pareció la casa en la que el niño vivía, porque le parecía de mal gusto e inapropiado que las demás personas estuviesen al tanto de lo que pensaba. No obstante, la Iguana llevaba mucha prisa y le pidió al chico que le ayudase a encontrarlo, pues ella estaba muy segura que dentro de la casa lo hallarían, a lo que Nicolás tenía poca fe, pues estaba seguro de no haber visto entrar a ningún gato, pero en fin, la Iguana era terca como una mula y no se conformaría hasta encontrarlo.

Recorrieron juntos la cocina, creyendo en la posibilidad de que estaba hambriento y había ido a buscar comida, pero al no escuchar nada y tampoco encontrarlo, pasaron a la sala, rebuscando entre los cojines, debajo de los sillones y detrás de los cuadros. Durante su breve estancia en la sala, fue cuando la Iguana Andante le contó a Nicolás su peligrosa osadía camino a la Tierra de Abajo, porque en el último instante, yendo ya muy tarde, había conseguido montarse en un relámpago furioso, que para pronto, la transportó hasta ahí. Y mientras se paseaba por el Valle de las Flores, recolectando ramas y luciérnagas que usaría para el baile de esa noche, el Gato Colorido de pronto la asaltó, pues le venía siguiendo la pista desde Arriba, y la interceptó en un instante, saltando hacia ella y robándole los botones de su abrigo.

—¿Ves estos hoyuelos? —dijo la Iguana, mostrándole dos ausencias en su abrigo. —Son los que el gato me robó, es por eso que lo busco, porque el baile es esta noche y no puedo presentarme de este modo. ¡Ese infeliz! —prorrumpió. —Ha desbaratado mi precioso abrigo, hecho con seda de la luna, y se ha llevado estos dos botones, que en realidad son estrellas, ¡y que me costó dos mudanzas conseguir!

Esa actitud en la Iguana, de impotencia, a Nicolás le recordó a su hermana Victoria, esa mañana, decidiendo entre sus blusas. Y como él no daba tanta importancia a asuntos como esos, le dijo la gran lástima que sentía por ella y continuamente le advirtió que iría al piso de arriba a seguir buscando.

—A lo mejor me lo encuentro ahí —dijo Nicolás, y se libró.

Quería asegurarse de que no había gatos rondando por su habitación, así que lo primero que hizo, luego de subir las escaleras, fue buscar ahí, porque, ¿qué pasaba si el felino se robaba también sus juguetes favoritos? No obstante, fue un tremendo alivio encontrarlos a todos, sanos y salvos, colocados pulcramente en sus sitios

Al gato no lo encontró debajo de su cama, o de la almohada, o entre la ropa; y la bañera, cuando se asomó a inspeccionar, estaba completamente vacía. Ni siquiera, cuando removió los peluches y los libros de su cuarto, algo interesante apareció, así que optó por continuar su búsqueda en las recamaras siguientes, pero en ninguna de ellas halló cualquier cosa que pudiese relacionarse con el gato.

Entonces, decidió subir al desván.

Nunca, desde los nueve años que esa casa llevaba construida, Nicolás había entrado en él, pues a su madre le causaba resentimiento esa obscura habitación, y por nada del mundo, les permitía subir hasta ahí. Las tablas, además, crujían, y algunas estaban flojas y sueltas, con lo que podían caerse y perder la vida en el impacto contra el suelo, porque era una escalera muy larga, delgada y alta, la que llegaba hasta el desván

No obstante, a los gatos les gustan las ratas, y ahí, pudo imaginarse Nicolás, debía de haber muchísimas, y si ese gato tenía hambre, valía la pena buscarlo ahí.

Envuelto en un gigantesco miedo, caminó con lentitud por la escalera, que se retorcía en el aire y se zarandeaba con su peso. La puerta, rechinó con picardía cuando la empujó, y el lugar, silencioso y reservado, se dejó contemplar, obscuro, mohoso y polvoriento. Las paredes estaban húmedas, y la pintura colgaba prolongada como largos gajos de naranja. Se escuchaba el repiqueteo de los bichos, o de los ratones, o de ambos, entre las esquinas y debajo de las cajas viejas, que había un montón y por todos lados, abiertas, sucias y envueltas en pegajosas telarañas.

En el fondo, dejando filtrar una tenue corriente de luz, se veía una ventana, redonda, pequeña y cubierta de polvo. Iluminaba apenas unos rayos gráciles, sin embargo, ello permitió a Nicolás poder inspeccionar la habitación, pues no tenía pensado visitar pronto el desván, y como nunca había estado ahí, decidió aprovechar y curiosear un poco. Por el suelo y encima los muebles cubiertos de sábanas, encontró retratos viejos, telas, cortinas, patas para cama, dos espejos rojos y un refrigerador. Le pareció que todo aquello era un desastre, pues había demasiadas cosas, y más bien parecía irremediable.

En aquel momento, repentinamente, un marco de fotos, hecho de cristal, resbaló al suelo, haciéndose añicos en el acto y asustando en sobremanera a Nicolás. Se detuvo un instante para respirar, escuchar y pensar lo que estaba a punto de hablar.

—¿Eres tú, el Gato Colorido? —preguntó Nicolás, soltando las palabras en el aire. No sabía si quién había roto aquel retrato era el felino, pero le pareció la mejor manera de mostrar su valentía.

Entonces, se escuchó el maullido socarrón:

—Miaaau.

Las piernas le flaquearon a Nicolás, sintiendo una temperatura con mayor calidez de lo normal dentro de su propio cuerpo, y se limitó a tragar saliva y a quedarse sereno y derecho.

—No seas cobarde —le retó Nicolás—, y muéstrate.

Así que el gato obedeció, asomando un segmento de su pelaje colorido y posándose finamente sobre una caja de madera, permitiendo a la tenue luz iluminar los colores de su naturaleza, recordando a un arcoíris majestuoso y prestigioso.

—Aquí me tienes —se presentó el gato, mientras sus palabras resonaban entre las paredes roncas, sensibles y espectrales.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Nicolás.

—¿De qué te serviría saberlo? —contestó el gato.

—Lo que quiero saber —continuó el niño—, es si eres tú quien ha robado los botones plateados del abrigo solemne de la Iguana Andante.

En ese instante, si existe algo que pueda semejarse a la risa incandescente de un gato, su carcajada se expandió por el aire, lúgubre y risueña.

—Tú eres un humano —rebatió el felino—. De nada te sirve un botón de plata.

—Sí que me sirve —atestó Nicolás.

—¿En serio? —se extrañó el gato. —Dime para qué.

—Quiero que la iguana se marche. Si mis hermanas regresan a casa y se la encuentran aquí, buscando algo absurdo, me acusarán delante de mamá y terminaré siendo el culpable de todo lo malo que pueda suceder.

Fue un momento de silencio, en donde el gato lo pensó.

—Te daré los botones —prometió el felino, pero Nicolás, que conocía a la perfección ese tono de voz, que te pide siempre algo a cambio, supo que tendrían que hacer un trato.

—¿Qué es lo que quieres? —le desafió Nicolás.

Aún sin poder conocerle el rostro, el chico supo que el gato sonreía. Y cuando le contestó del modo en que lo hizo, Nicolás se preguntó si era un acertijo o de manera literal.

—Quiero un Pedacito de Alma —atestiguó, el Gato Colorido.

—No sé lo que eso significa —le confesó el niño.

—No, nadie realmente lo sabe —manifestó en respuesta— hasta que están adentro, y no queda nada por hacer.

—¿Qué es un Pedacito de Alma? —quiso saber Nicolás, pues no pesaba andarse con rodeos.

—Se trata de algo personal —explicó—. Parte de lo que te conforma, una porción de ti.

—Solo dímelo.

—Necesito tu mayor anhelo, tu deseo más grande —demandó a cambio el felino.

Esas preguntas comenzaban a inquietar el corazón de Nicolás, quien no entendía del todo lo que estaba pasando porque muchos términos le eran desconocidos.

—Sigo sin saber lo que quieres —dijo Nicolás, aunque algo muy dentro de él comenzaba a entender.

—Esta noche, será el Baile de Deseos —le comunicó—, y quiero bailar con la hija del Rey, aunque, como todo en esta vida, tiene un precio, y el costo es conferir un deseo, y verás, se trata de algo puro, que no se jacta, que no se envanece. Un deseo que todo lo sufre, que todo lo espera, que no guarda rencor y que no busca lo suyo. Alguien como yo no tiene deseos así, soy solo un gato —suspiró—; es por eso que te lo pido a ti, porque, si hay alguien que tiene un deseo bondadoso, sensible, guardado por ahí, es un inocente niño como tú.

Nicolás agachó la mirada, y cavilando un poco, se puso a pensar en lo que el gato le decía. Pues, ¿cuál era su deseo más grande, su mayor anhelo? Y tratando de encontrarlo, recordó que quería ser más alto, más inteligente y más fuerte, apuesto, no llorar con tanta facilidad y poder jugar beisbol tan bien como su propio padre. Deseaba ser él el hermano mayor, y no sus hermanas tontas. Había tantas cosas qué desear, pero…

—Yo —titubeó, avergonzado—, tengo solo deseos egoístas —confesó.

Por debajo de la luz, observando que Nicolás era joven, débil, lleno de sueños y ambiciones, vio también a un ser humano que experimenta el miedo, la traición y el dolor.

—Vamos —alegó el gato—, seguro que hay algo. Algo que no busca lo propio, que busca apiadarse de otros y ayudarlos.

No, no había nada. Era un niño vanidoso, egoísta, irrespetuoso, desatento… Entonces se acordó, como una vieja fotografía, que conserva la felicidad de los años pasados, o tal vez como un voto de lealtad eterna, o de amor eterno, que después de todo, sí que había un deseo bueno.

—Ahora que lo dices —apuntó el niño, sonriendo—, encontré uno.

—Cuéntamelo —demandó con impaciencia, el Gato Colorido.

Nicolás tomó aliento, porque se sentía triste y abrumado, obligando a sus lágrimas a que se quedasen en su sitio, las cuales trataban de apoderarse sin misericordia de sus sentimientos, estallándole en el corazón, a punto de desmoronarlo en angustias y sollozos.

—Quiero —comenzó a contarle, conservando la calma— que mis padres regresen. Quiero que cumplan su promesa, y que se amen eternamente, como dijeron que lo harían. Muy dentro de mí, eso es lo que más añoro.

Nicolás, no pudiendo contenerse más, prorrumpió en un llanto solemne y desgarrado, hundiéndose en angustia y dolor, en un error ajeno que le era imposible solucionar.

—Es perfecto —murmuró el gato para sí.

Entonces, reincorporándose de un salto, al escuchar la voz del gato, Nicolás exclamó:

—¡Oye!, ¿en dónde están los botones que a cambio me prometiste? —profirió Nicolás, exigiendo su parte del trato.

Sin embargo, sin detenerse un momento para responderle, el gato se giró y la luz le iluminó los ojos, esas pequeñas esferas de cristal que recordaban a dos estrellas atrapadas.

Y el gato saltó hacia Nicolás, antes de que este pudiera hacer algo para defenderse, y se desvaneció en un obscuro abismo que lo llevó hasta un estado inconsciente.

Tiempo después, la Iguana Andante acabó por recorrer cada esquina de la casa. Y cuando llegó entonces al desván, donde encontró a Nicolás tumbado sin conciencia a mitad del suelo, el Gato Colorido apareció brincando, cruzando la ventana, y se esfumó, sin que antes, de manera fugaz y suspicaz, le lanzase una mirada a la Iguana, dejando ver en sus ojos dos motas blancas, inexpresivas y vacías.

Atónita, la Iguana se quedó un instante, suspendida sin cordura a mitad del lúgubre desván, mirando a Nicolás, quien en la frene tenía un rasguño y leves gotas de sangre alrededor.

Entonces, como si hubiese regresado de un profundo sueño, tal vez de alguna pesadilla, abrió los ojos al instante.

—¿Te encuentras bien? —le dijo la Iguana, hincándose a su lado.

Incorporándose, limpiándose la sangre con la manga de su suéter y mirando alrededor, preguntó alarmado:

—¿Dónde está el gato?

—Lo he visto saltar por la ventana, huyendo —contestó.

—¡Desgraciado! —gritó Nicolás. —Era un trato, dijo que me daría los botones.

—¿Un trato? —se extrañó la Iguana. —¿Hablaste con él?

Asustado, furioso y mareado, Nicolás trató de ponerse en pie. Le dolía la cabeza, y dentro de su ser, sintió un profundo e inhóspito vacío, algo que faltaba, que de alguna forma, le habían arrebatado. Aturdido, se llevó pesadamente las manos a los bolsillos del pantalón. Y sucedió que, en el bolsillo derecho, percibió un objeto tibio y blando, que con delicadeza, sacó para mirarlo.

Entonces, abriendo los dedos paulatinamente y aguardando, advirtió que eran los botones plateados, las dos estrellas vivas, que resplandecían como serenas luciérnagas a mitad de un tranquilo sueño.

—¡Los botones! —exclamó la Iguana. —¿Cómo los has conseguido?

—No sé muy bien —balbuceó Nicolás.

—Has dicho algo de un trato —recordó la visitante—. ¿Te ha pedido algo a cambio? ¿Qué le has dado?

—Pero… —musitó el chico, extrañado—, ¿cómo lo sabes?

—Porque, el Gato Colorido jamás entrega nada sin recibir una recompensa —contestó la criatura muy seriamente.

—Pues, un deseo es lo que me ha pedido —explicó Nicolás, sintiéndose de alguna forma medio vacío.

Los ojos de la Iguana Andante se abrieron como platos, y nerviosa, ladeó la cabeza de un lado a otro repetidas veces y se dejó caer con pesadez den el suelo.

—¿Qué es lo que pesa? —dijo el niño. —¿Qué tiene de malo?

Suspirando, la iguana le miro, y dijo:

—¿Te pidió acaso un «Pedacito de Alma»?

—Sí, ¿cómo lo sabes?

—Lo que sea que le hayas entregado, me temo que te lo ha arrebatado para siempre. Se lo has dado y ya no te pertenece más, no importa que tanto te empeñes en volverlo realidad, porque ahora es imposible.

—¿Me estás diciendo que el deseo que le di nunca podré verlo realizado? —preguntó Nicolás, desgarrándose por dentro. —Pero, no puede ser posible, porque el recuerdo lo tengo fresco, aquí, adentro de mi cabeza.

—Esto que te digo es la verdad. Quizás recuerdes el deseo para siempre, sin embargo, has dado a otro la capacidad de convertirlo en realidad, cosa que tú jamás podrás cambiar.

—Sigue siendo mío —gruñó Nicolás, furioso y convulsivo.

—Sigue estando dentro de ti, sí—le confirmó la Iguana—, pero nunca podrás verlo hecho realidad. Lo lamento mucho.

Nicolás entristeció, indescriptiblemente, hundiéndose en un profundo pozo de culpabilidad, desaliento y desesperación. «Jamás», ¿le había dicho? ¿Había echado por la borda esa única oportunidad de volver a ver juntos a sus padres, a su familia? No podía ser, no quería creerlo. Sin embargo, sabía que había hecho algo mal, que había obsequiado un tesoro importante sin igual, y todo, a cambio de algo tan poco valioso, ajeno y vano como aquellas dos estrellas.

—¿Eso es todo? —quiso saber. —¿Jamás en la vida podré recuperarlo?

La Iguana Andante parpadeó. Lo pensó, y entonces habló:

—Bueno, tal vez hay una forma. Pero es demasiado improbable.

—Dímela, por favor —le rogó el niño, entre taciturnos lamentos.

—Si en el baile de esta noche —comenzó a decir la Iguana—, al elegir el Rey a un acompañante para que baile con la princesa las gloriosos y felices melodías del reino, el deseo del Gato Colorido, el tuyo, es el elegido entre los aspirantes, y le parece al Rey que es bondadoso suficiente para que baile con su hija… Bueno, me han dicho que, conforme pasa el tiempo, el deseo se vuelve realidad.

Y Nicolás sintió, muy vagamente dentro de su ser, a una diminuta chispa de esperanza despertar, la cual le brindó una paz e ilusión, que creía desaparecidas.





***





Los violines danzaban con encanto e ilusión al ritmo de los ligeros pies, que se movían de un lado a otro, dentro de la Sala Real. Bajo gloriosas cúpulas, candiles de oro y cadenas de perlas preciosas colgaban del techo, irradiando alegría y brillo la gran habitación. Sentado en un trono de terciopelo, el Rey resplandecía como la aurora. Y a su lado, cubierta de suaves y finísimas prendas, brillando como una estrella en la noche, la Princesa permanecía a su lado, hermosa, serena y deseada.

Delante de los dos, encima de una plataforma de cristal, había una copa grande y de oro que desprendía primorosos destellos delicados, lúcidos y dorados. En el interior, grabados sobre papeles blancos, permanecían los deseos que los hombres presentes habían depositado en la Copa de Cristal.

Cuando el Rey dio la orden y los violines cesaron de brindar su encanto a los presentes, este se puso de pie y anduvo lentamente hasta donde yacían los deseos, pacientes, minuciosos, llenos de esperanza e incertidumbre.

Y tomó un deseo, mientras que todos en la sala, permanecieron quietos, henchidos de ilusión, aguardando sus palabras. Y al tener la gastada pieza de papel entre sus manos, lentamente, la extendió.

Era un Deseo, uno de los muchos que con dolor y ambición habían llegado hasta aquel palacio.

El Rey se aclaró la garganta para hablar:

—Es el deseo del Gato Colorido —proclamó





TERCER REALTO



La moneda del tiempo





Dicen, los Sabios, que la historia se repite. Que se trata de una ley natural. De algo que, tarde o temprano, ocurrirá.

Por aquel entonces, regía el año de 1475.

En aquella tarde de agosto, allá abajo, junto a los acantilados de las costas del Atlántico, donde la playa es tranquila, suave y vaporosa, un muchacho alto salió a pasear.

Desde esa mañana, Moctezuma festejaba el inicio de sus quince años, esos que te abren una puerta a un mundo grande, desconocido y repleto de dilemas e incertidumbres que lastiman. Y, precisamente, esa fue la cuestión que había llevado al chico hasta la playa, ya que su padre le había regalado una nueva lanza de hierro, y sucumbía de ganas por utilizarla.

El sol concluía su jornada, posándose detrás de una montaña azul, y aguardaba paciente, sublime y en paz, así como un viajero indio habría hecho al encontrar y observar su tierra prometida.

Negro y en la frente, constantemente nublándole la vista, el cabello de Moctezuma se revolvía y danzaba en el viento junto a sus corrientes impetuosas y abstractas. Y, como dos prometedoras estrellas, brillando en el firmamento, sus ojos negros resplandecían gozo, sueños e ilusiones. Era un chico capaz e inteligente, y tarde o temprano, el mundo se daría cuenta de ello, porque él entendía que la vida iba más allá de solo encontrar poder y riqueza, pues… ¿qué era en realidad la riqueza?

Él creía en la felicidad, en el orden y en los sueños.

A lo lejos, una gaviota cantó, y Moctezuma advirtió cuando alzó el vuelo, cruzando sobre su cabeza y perdiéndose bajo los rayos del impetuoso sol, cuya luz le cegó la vista e hizo que por un instante, todo se tornase lúcido e impreciso.

Y sucedió de pronto, tras la brisa del atardecer, que una sombra inmensa se posó en las alturas sobre él.

Se trataba de una nube larga y sagaz, la cual, al andar, dejaba tras sí un rastro grisáceo y momentáneo por los cielos. Era, como un dragón, grande e impotente.

Y en ese mismo instante en que la vio, Moctezuma supo que se hallaba delante de la Serpiente Emplumada.

Toda la gente del país conocía su existencia, y hablaban de ella asombrados, deseando algún día tener la maravillosa suerte de encontrársela por el camino. Porque era una divinidad, un dios, quien solo en ocasiones especiales hacía su aparición; algo tan sublime y especial, que solo a personas especiales desvelaba su poder.

Así pues, tras desfilar sublime unos instantes en el cielo, la Serpiente Emplumada se detuvo, y suspendida a mitad de las alturas, abrió su boca y de ella dejó salir un pajarillo delicado envuelto en un plumaje vigoroso y del color del fuego, el cual, descendió del cielo con magnificencia y se posó sobre el bronceado brazo del muchacho.

Moctezuma, observando todo con detenimiento, y confundiéndose ante la indagadora manera en que la deidad se comportaba, no supo cómo reaccionar. No obstante, y en respuesta a los sobresaltos que el chico experimentaba, el pajarillo dejó caer en su mano derecha una moneda dorada, tan grande como la manzana de un árbol alto, y tan brillante como el sol de la mañana.

Y seguido, reanudó el vuelo hasta regresar al cielo.

Entonces, Moctezuma sostuvo entre sus manos la pesada moneda y la contempló, comprendiendo así que se trataba de una promesa, de una bendición que había sido diseñada solo para él.

Y a continuación, procediendo de todas partes y retumbando con solemnidad hacia todos lados, la voz de la Serpiente se escuchó:

—Moctezuma —habló, pronunciando cuidadosamente su nombre.

—Sí —contestó el chico, asintiendo—, ese soy yo. Moctezuma.

Y conociendo esta verdad, la Serpiente Emplumada se apresuró a responder:

—Cuando se es dueño de riquezas y poder —empezó a decirle—, la obediencia, la humildad y la verdad son lo más difícil de recordar y respetar sin llegar a ser seducido por el mal —e hizo una pausa. Un momento después, examinando sus palabras, continuó—: Pero tú, Moctezuma, habrás de mantenerte puro y recto al guardar este principio. Pues el futuro espera impaciente tu llegada, colmada de abundancia, riquezas y virtud, y deberás estar preparado para sobrellevar las situaciones que se te presenten; deberás aprender a utilizar las habilidades que el tiempo y el dolor te brindarán. Y no obstante —agregó—, sabemos que de mucha ayuda te será el regalo que tenemos preparado para ti. Eso que en tus manos sostienes, es la Moneda del Tiempo. Depositamos nuestra esperanza en ti y creemos que obrarás con rectitud. No nos defraudes, te pedimos, no sea que aumente en nosotros la ira y nos dé por acabarte.

En ese momento, la voz se detuvo.

Moctezuma contempló a la sombra que hablaba, embelesado, lleno de curiosidad y al mismo tiempo de pavor.

Cuando de pronto, un viento atroz azotó el mar y también lo sacudió a él, arremolinándole el cabello entre los ojos y provocándole así una ceguera momentánea que lo hundió en un abismo resplandeciente y blanco.

En el siguiente instante, cundo trató de recuperar las imágenes claras en las que aparecía la divinidad, flotando sobre su cabeza, un desasosiego inmenso le conmovió, ya que, al recuperarlas, solamente encontró a los vacíos rayos del atardecer sobre su frente; quienes, al poco tiempo, también acabaron por marcharse.





***



Los años pasaron, y Moctezuma creció, convirtiéndose en un hombre dichoso y recto, digno de sus propias palabras y verdades. Procuró ser fiel a la Serpiente Emplumada; procuró ser fiel a la forma de vida que ésta le había mostrado.

Y cuando el inefable tiempo caminó, hasta llegar muy lejos, Moctezuma murió.

Y este, conociendo que no había nadie mejor en la Tierra que pudiese proteger tan bien a su secreto, antes de macharse para siempre, dejó al cuidado de su hija, Tecuichop, la prestigiosa Moneda del Tiempo.

Los rumores de que Tecuichop custodiaba el objeto divino que los dioses habían regalado a los habitantes de la Tierra se expandieron por las aldeas con velocidad, hasta llegar a los españoles, quienes trataron de robársela, provocando incendios, destrucción y muerte.

Un día, cuando un grupo de españoles decretaron una amenaza a muerte contra ella, si no se decidía por entregarles la moneda, Tecuichop, sabia y diligente, mandó llamar a su hija Leonor, que se había convertido en una muchacha recta y hermosa, y que, a pesar de ese lazo de sangre que por siempre las mantendría unidas, su color y su aspecto eran muy diferentes a los de su madre, pues en ello, los españoles también habían conquistado a esta tierra.

Y Leonor, a pesar de las dificultades que se encontró por el camino, actuó con rectitud, así como su madre, y así como su abuelo, protegiendo a la moneda y cuidando que nadie nunca la encontrara.

Porque los humanos son incapaces de abstenerla a la riqueza.

Cada vez, anhelan tener más y más.





cuarto relato



El niño que vivió en el mar





Esta historia la conozco, gracias a un viejo amigo que conocí en el ático, adentro de una caja de plástico, quien en ese mismo momento, en que nos conocimos, me platicó la interesante conversación que tuvieron aquel día, hacía muchos años, un niño y él, junto a la playa.

Sucedió en la época de los mexicanos, cuando luchaban a filo y espada por un desacuerdo ajeno; así como los americanos y los ingleses, quienes buscaban también la victoria en territorios impropios.

No obstante, dejando eso de lado y atajando los acontecimientos de esta Tierra, habremos de llegar a una tranquila playa en el Pacífico; y después, a un pequeño bote viejo de madera vieja, descolorido por el resplandor del astro mayor y picado por la burbujeante agua salada del océano.

Por desgracia, no me complace anunciar, que el niño que dentro estaba tranquilamente tumbado, disfrutando del calor del sol y descansando, era pobre y huérfano. Esto, representaba un infortunio, desde luego, sobre todo para los ingleses, que buscaban el poder, e infortunio para los americanos, que habían descubierto en los negocios de la ambición a esa religión reclamante que sustenta la ideología de que el universo es demasiado grande para limitarse solo a lo que nos pertenece.

Pero yo les hablaba del desdichado niño que estaba descansado adentro de la barca, y a ello volveremos.

Pues este niño, llamado Lucas y de siente años, poseía una peculiar manera de pensar y de admirar la vida, pues, a pesar de la escaza situación material en la que se encontraba, le bastaba para ser feliz su vieja barquilla de madera, que crujía a cada zarandeada del viento y de las olas, y su pequeña libreta de cuentos y aventuras que había encontrado debajo de unos arbustos gruesos; y, si te preguntas cómo es que un niño en semejantes condiciones podía vivir y aún sentirse satisfecho, he de contestar que un día comprenderás, espero yo, que no se necesita demasiado para ser feliz en esta vida si sabemos dar diligencia a nuestros pasos.

Lucas vivía solo y tranquilo, como ya hemos dicho, a la orilla del mar. Se alimentaba de lo que la tierra le daba, y no se quejaba, pues sabía que si lo hacía, las estrellas abandonarían su brillo y las historias con las que soñaba, su aventura.

Con frecuencia, unas tremendas ganas de acariciar el océano le inundaban, así que se recostaba con tranquilidad en su pequeño bote de madera, y observaba las nubes; o, cuando tocaba de noche, lo que en innumerables ocasiones sucedía, se quedaba tendido a sentir la danza que aquel vasto e inmenso océano le obsequiaba.

Esta historia se me dio a conocer para un día contarla a otros, porque mi amigo quedó sorprendido de su conversación con Lucas, y me contó que lo transformó, que le hizo ver cosas que nunca antes había notado, y que lo convirtió en una mejor persona. Así que, antes de que mi amigo se marcharse para siempre, volviendo a su universo, me pidió inmortalizar al pequeño niño que le había transformado, suplicando mi palabra de que algún día lo haría. Y lo hice, porque sentí que era mi deber.

Por ello, he aquí la conversación que tuvieron los dos, en aquella tarde, junto a la playa:

—Es insoportable —exclamó mi amigo, mientras caminaba sobre la arena y observaba el océano—. Hace demasiado calor —afirmó, con enfado.

—¿Qué te sucede? —le preguntó de pronto una voz, que resultó ser la de Lucas, quien rápidamente, se puso de pie y llegó hasta donde estaba él.

—Yo… —tartamudeó mi amigo, sin saber muy bien qué decir—. Bueno, las he perdido —contestó— y no consigo encontrarlas.

En confusión, y sintiendo lástima por aquel hombre, Lucas inclinó la cabeza y preguntó:

—¿Qué es lo que has perdió? ¿A tus hijas? ¿A tus historias favoritas?

Al escuchar estas palabras, mi amigo miró al niño, extrañado, lleno de asombro y algo confundido.

—No seas tonto, niño —dijo el hombre—. Claro que no he perdido ni a mis hijas ni a ninguna historia.

—¿Entonces, qué es lo que has perdido? —le preguntó Lucas, curioso.

—Llaves —contestó, quejoso—. Unas llaves es lo que he perdido.

—¿Y llaves para qué? —insistió el chiquillo.

—No te importa —fue la seca respuesta que le arrojó el hombre.

—No, supongo que no me importa —se dijo Lucas, y volvió su atención a una leche de coco que bebía y que había dejado apoyada sobre un tronco.

Esta respuesta, en lo que a todos concierne, turbó a mi amigo, quien estuvo a muy poco de espetarle que era un desgraciado y grosero niño. Sin embargo, y al instante, se tragó sus palabras, pues al mirar el rostro de aquel pequeño niño, la ternura y el brillo real en sus ojos le hicieron darse cuenta de que solo le hablaba con la verdad.

Así que, cuando Lucas hubo abandonado de su ceño cualquier interés en lo que el hombre tenía para contar, mi amigo se llenó de remordimiento y fue a sentare junto al pequeño para narrarle la historia de su pérdida.

Se trataba de un relato triste, según la percepción Lucas, pues aquel inocente hombre lo había dejado todo para viajar hasta el Pacifico y encontrar un tesoro que su viejo tío te había heredado, hacía dos meses, poco antes de morir. En dos ocasiones, el hombre mencionó lo pobre que había sido antes de que aquella deliciosa herencia llegase hasta sus manos, y fue por eso, que no dudando en lo absoluto, abandonó todo y viajó en busca de aquel cofre, ya que deseaba tener un regreso glorioso y triunfal, cuando, con aquel precioso cofre entre sus manos, se presentase de vuelta a la ciudad.

—¿Y qué contiene, pues, ese cofre, que te hace desearlo tanto? —preguntó Lucas, con inocencia.

Mi amigo lanzó un par de carcajadas, pero al ver que Lucas no comprendía, se calló y le explicó:

—Joyas, por supuesto, y de todo tipo: esmeraldas, rubíes, perlas, oro…

—¿Y para qué quieres tú todo eso? —insistió de nuevo, el niño.

—¿Dices que para qué? ¡Pues para ser rico, por supuesto! —exclamó en respuesta.

—Yo soy rico, y no tengo nada de eso que dices—contestó Lucas.

Tras pensarlo un poco, mi amigo lo admitió:

—No te entiendo.

—¡Mis joyas! —le explicó Lucas, como si no fuese ya bastante obvio—. El océano, las estrellas por la noche, los frutos del bosque, las historias que tengo dentro de mi propia cabeza, solo para mí… ¡Pregúntale a los peces, y ellos te dirán que no te miento!…

De esta manera, Lucas, sin que se diese realmente cuenta de ello, ayudó a un pobre hombre que se convertía en adulto, en viejo.

A alguien que había perdido la capacidad de ver lo bello e increíble que las experiencias, los momentos, las aventuras, los sueños y la simpleza son capaces de dejar adentro de nosotros, y de marcarnos para siempre, sellando en nuestro ser un abismo de ideas inmortales, de valores imborrables y de un gozo eterno, que nadie jamás podrá arrebatarnos.





quinto relato



Eduardo





Eduardo es un niño pobre.

Vive muy cerca de una montaña que se alza prestigiosa rumbo al cielo adentro de un cuarto de cemento, y se cubre la cabeza con un techo de lámina oxidada, que su madre ha construido, sola, porque Raúl, el papá del niño, los abandonó cuando ya no le quedaba dinero para pagar cualquier cosa, ni siquiera para comprar frijoles, tortillas o arroz blanco, una vez cada dos semanas.

María, su madre, limpia las casas de mujeres ricas, de las señoras que tienen un carro, y ropa nueva, y comida diferente cada día de la semana.

Cuesta mucho dinero pagar la renta del lugar en donde viven, y como ella ya no tiene más, sus padres, los abuelos, se han mudado a su casa, que es todavía más pequeña que la que tenían antes, para vivir con ellos y ayudarles; tienen menos espacio, eso sí, pero se reparten la renta y no cuesta tanto dinero para pagar.

Eduardo ha cumplido ocho años.

Una semana luego de su aniversario, los abuelos le avisan que María, su mamá, ha desaparecido. Le dicen que nunca más volverá a verla; y escucha palabras como narcos, delincuencia organizada y violada. Escucha también la palabra muerta; la única que Eduardo más o menos entiende. Sin embargo, él está seguro que María, su tan dulce y querida madre, se ha marchado de este mundo como una guerrera, como una heroína, luchando por la vida y la felicidad.

Es por eso, y solo por eso, que no deja de asistir a la escuela y de echarle ganas a la vida.

Desde que su madre murió, vive sólo con los abuelos, y son ellos quienes le instruyen, los que dicen que un día, si trabaja muy duro y se esfuerza bastante para conseguirlo, podrá ofrecerle una mejor vida a su familia, si es que en algún momento decide tener una.

Le dicen que los sueños se ven muy lejos, pero que en realidad, están mucho más cerca de lo que creemos.

Eduardo lucha, constantemente, porque ha leído y sabe que allá afuera, en alguna parte, se puede encontrar una mejor vida, una mejor manera de existir.

El abuelo de Eduardo de llama Pancho, panchito, le dicen. Y es jardinero; jardinero y mecánico; y lava baños, y hace todo lo que le propongan, todo lo que esté en sus manos para llevar alimento hasta su casa; alimento, y cada siete meses, un libro usado para Eduardo, porque sabe que le encanta leer y que será la única forma de que el niño salga de ese hoyo obscuro en el que ha nacido.

La abuela del niño se llama Francisca, y está muy enferma. No ha ido a ver al médico porque no tiene nada con qué pagarlo, pero saben que se siente débil porque ha trabajado mucho toda su vida y porque su cuerpo ya no tiene la misma fuerza que solía tener.

—Te pondrás bien, abuela —le dice Eduardo, pero en el fondo sabe que esa no es la verdad. Y lo sabe, así como supo que la muerte de su madre no se trató de algo justo; pero es que este no es un mundo en donde la justicia se ande paseando por las calles, ella aguarda paciente, allá, donde un día regirá.

En la escuela, Eduardo saca buenas notas; sobre todo en español. Se esfuerza mucho porque sabe que su abuelo trabaja duro para pagarle los estudios, para que un día, como no dejan de decirle, si tiene suerte, consiga forjar un mejor futuro.

Pero, ¿cómo sería un mejor futuro?

Para sus amigos de la escuela, Paco y Juan, seguro que una vida mejor es tener ropa comprada en el centro comercial, como la que llevan los niños ricos para los que sus madres trabajan. Seguro que es eso, o tener un nuevo celular, uno que no sea torpe y que saque retratos buenos, no como esos que saca el viejo celular que tiene el papá de Juan. Tal vez, para ellos, una vida mejor es tener una televisión más plana, una muy grande en dónde mirar tranquilos los partidos de fútbol.

Pero, para él, para Eduardo, ¿qué es realmente tener una vida mejor?

¡Ah! Conoce perfectamente la respuesta. Ha soñado con ella cientos de veces.

Es tener un pequeño librero repleto de libros… ¡Imagínate, cuántos libros podrían caber adentro de un librero pequeño! ¿Cuántos libros podrían caber adentro de cuatro estantes? Seguro que un montón.

Eso es, lo que con todo su ser, desearía.

Aunque, en realidad, a veces se siente culpable de tener un sueño tan maravilloso, porque le parece que es despreciar el regalo de su abuelo. Se siente muy contento y agradecido con los tres libros que su abuelo le ha dado en los últimos tres años, y no debería desear querer más.

Eduardo, cuando escribe, lo hace en sus libretas de la escuela. Esta es la tercera vez que la maestra lo regaña por acabarse el espacio y no tener en dónde apuntar las cosas de la escuela.

—Dile a tu padre —le dice ella— que te compre una libreta. No vuelvas a usar las de la escuela.

Eduardo quiere replicar y decir que no tiene padre, que ni siquiera conoce su rostro; que su abuelo, el hombre con el que vive, ni aunque quisiera, podría comprársela.

Pero se queda callado.





***





Miguel es hijo único. Tiene nueve años, recién cumplidos, y cinco cajas de regalos que ha recibido de sus padres; tres son de su papá, y dos de su mamá; ninguno ha podido entregárselos en persona porque el padre está en Irlanda, haciendo negocios, y su madre en Europa, viajando con amigas.

Miguel no tiene permiso de salir con compañeros ni de asistir a fiestas, y mucho menos, de ir a la escuela solo. Nada de eso, por dos semanas. Su padre ha arreglado cuentas con el colegio al que Miguel asiste para que pueda quedarse en casa y sin que le marquen faltas; eso, con dinero lo arregló.

Esa mañana de su cumpleaños, Irma, su sirvienta, le ha preparado una deliciosa tarta de queso, solo para él. Pero Miguel está enfadado porque sus padres no están y porque no pude salir con amigos, que no tiene ganas de comer pastel, así que Irma, porque Miguel así se lo ha ordenado, lo pone en una caja de plástico y lo acomoda afuera, arriba del bote de la basura.

Miguel enciende la televisión y deja el canal puesto en donde están trasmitiendo un partido de fútbol; pero los jugadores le parecen malos y acaba aburriéndose. Entonces, mientras camina hasta la pulcra oficina de su padre, enciende el celular nuevo que le han mandado desde Irlanda, y pone música. Pero, como se encuentra disgustado e inconforme porque no tendrá fiesta de cumpleaños, se mete a la biblioteca de su padre y se tumba en el sillón a jugar videojuegos con su consola nueva.

Está rodeado de montones, de cientos de libros. Pero él no les presta atención.

La consola acaba fastidiándolo y la deja caer al suelo, con descuido. Y molesto, por todo, se pregunta por qué la vida es tan injusta. Odia a sus padres y desea que nunca tuviesen que haber existido, que nunca hubiesen formado parte de su vida.

Desea poder tener una vida mejor.





***





Eduardo cumple años. Once.

Está leyendo por séptima vez el primer libro que su abuelo le dio, hace cuatro años. Se queda un rato ahí, pero al final se levanta para ayudar a su abuela a cambiarse de ropa y a ir al baño; ella está muy débil, y Eduardo sabe por qué. Entonces piensa, pero solo para él, que pronto se irá junto a su madre. Luego, la abuela le da un abrazo cálido, pero no porque pueda recordar su cumpleaños; seguramente, de eso no puede acordarse ya. Pero lo ha abrazado porque ama a su nieto y sabe que es un chico excelente y especial.

Eduardo, durante todo el día de su aniversario, no ha visto a su abuelo, pues este se ha levantado temprano para ir a trabajar, y llegará de noche.

A las diez, cuando afuera ya está obscuro, Panchito llega a casa, cansado. Le da un abrazo a su nieto y le desea un muy feliz cumpleaños. Eduardo no espera recibir ningún obsequio, así puede sentirse contento. Sin embargo, luego de saludarlo, el abuelo se saca un pequeño libro del bolsillo, y se lo da. Al hojearlo, Eduardo no sabe cómo contener tanta emoción. Entonces, Panchito trae a la mesa una caja de plástico que se ha encontrado por el camino, encima de un bote de basura, y le da una tarta de queso al festejado.

Y Eduardo no sabe cómo es que la ha conseguido. Pero hay algo que sí sabe.

Sabe que es el niño más feliz y afortunado del mundo.

Sabe que no hay nada mejor en la vida, que aquel precioso día de su onceavo cumpleaños.

Un día, que jamás va a olvidar.





Poema:



Árbol luminoso de la Navidad,

tu cimera verde nos dé claridad

y alegría y triunfo en la tempestad:

Árbol luminoso de la Navidad.



Eres, árbol claro, un amanecer:

tu sombra es la fuente que apaga la sed

y nos hace buenos hasta sin querer:

Eres, árbol claro, un amanecer.



Por ti es bello el mundo y dulce el vivir,

árbol inefable que no tiene fin,

alta y luminosa torre de marfil:

Por ti es bello el mundo y dulce el vivir.





Roberto Meza Fuentes 1899-1987





sexto relato



La esfera dorada de cristal





Cuando se vive en un pueblo tranquilo, soleado, donde el navideño mes de diciembre pasa de largo sin que la naturaleza lo note demasiado, puede que al cabo de un tiempo, las cosas se vuelvan un poco monótonas y aburridas.

No obstante, esta esta navidad había ocurrido algo completamente inesperado. El cielo se había puesto de humor, sonriente y fresco, dejando caer con delicadeza finos copos de resplandeciente nieve. Los techos, las calles y los árboles estaban bañados de un rocío blanco, puro y suave, como el azúcar refinado sobre un polvorón irresistible. El hielo, cristalino y filoso, se apachurraba con premura en las esquina de las ventanas, sobre los coches y a un lado de las ramas caídas.

Se sentía duro y malvado, el frío de aquel diciembre; sin embargo, renacía el gozo dentro de los corazones de las personas, ya que, sin aquella nieve, esa navidad no habría resultado ni la mitad de interesante y armoniosa, como lo fue, en aquel año del 2016.

Dicho alboroto sucedía en el sereno y armonioso pueblo de Pachuca de Soto. Los tuzos (habitantes del pueblo) aguardaban impacientes la llegada de la navidad, la cual se encontraba cerca, muy cerca.

Dos calles a la izquierda, dando frente a la torre del famoso Reloj Monumental situado a mitad de la Plaza Independencia, se alzaba la pequeña casa en donde Paula y Julio Telles vivían.

Por una de las ventanas laterales, la que daba a la sala de estar, se podían observar los sonrientes rostros de estos dos gemelos, quienes, además de hallarse emocionados por la deliciosa nieve que descendía ligera desde el cielo, no podían esperar a que llegase el veinticinco de diciembre, porque entonces, ese día, festejarían al fin su décimo cumpleaños.

Había sido tanta la emoción que, desde el primer día en que sus vacaciones iniciaron, la decoración en su casa también comenzó, implantando un ambiente navideño al colgar las luces en las ventanas, los manteles rojos y verdes sobre las mesas de la sala, los cascabeles en los picaportes de todos las puertas y, sobre todo, el alto pino navideño que se alzaba en pos de la dorada estrella que llevaba en la punta.

Sin embargo, habían hecho todo eso e incluso las cosas que no habían podido hacer mientras se encontraban en la escuela, por ello, a los pocos días, todos sus proyectos se acabaron y se quedaron sin nada para hacer. Y resultaba aún mayor el desagrado, el saber que faltaba un día para que fuese navidad, y así mismo el día de su cumpleaños, mientras ellos, sentados en el sofá de la sala, no tenían ninguna actividad por realizar.

Así que Paula, cansada y llena de ganas por hacer algo que fuese divertido corrió a hablar con su mamá:

—Mamá —le dijo Paula, aburrida —queremos hacer algo.

—Lo sé, cariño —contestó Patricia, su madre—, pero no tengo cabeza ahora para pensar en una solución. Lo siento.

—Bueno —agregó la niña—, en realidad, Julio y yo habíamos pensado que podías llevarnos con el abuelo Fausto…

El abuelo Fausto era bien conocido, y no solo por sus familiares, por pasar mucho tiempo solo y aislado en su casa. Desde que Abigail, su amada mujer, se había marchado de este mundo, él ya no salía de casa.

Y sus hijos, dos varones, no volvieron a visitarle como solían hacer; ya que Marcos, el mayor, se había mudado permanentemente a Francia, y este año, no podía permitirse un gasto económico tan grande para ir a visitarlo; y, por otra parte, su segundo hijo llamado Leonardo (padre de Paula y de Julio), se había alejad de él desde que la abuela falleció, pues entre ambos aumentaron las discusiones al grado de no hablare más; era una situación nada agradable para el abuelo Fausto, más no por ello, los gemelos Telles habían dejado de quererle y admirarle.

Desde la última vez que los chicos le hicieron una visita, habían pasado poco más de dos meses, y en aquel maravilloso día rociado de nieve, parecía ser el momento perfecto para volver a verle. Sobre todo, porque vivía lejos, a media hora de la casa de los Telles, en medio de un delicioso y tupido bosque de altos pinos

Al recordar la pregunta de su hija, Patricia suspiró: Leonardo, su marido, se hallaba de viaje por asuntos del trabajo y no regresaría hasta la noche del siguiente día, así que a ella le pareció que, pasar tiempo sola, relajada, comiendo palomitas y mirando la televisión todo el día, era una buena idea.

—Llamaré a Esmeralda para preguntarle —contestó Patricia, sonriendo a sus hijos.

Diez minutos más tarde, les comunicó que el abuelo podía recibirlos en su casa esa noche, y los gemelos, contentos como dos gallinas locas, corrieron de prisa hasta su habitación, donde encontraron apilados montones de juguetes por todas partes, entre rompecabezas, libros, peluches… y sobre todo, debajo de la cama de Julio, que estaba repleta de carritos y legos, halló su caja de madera conde guardaba sus Tesoros Perdidos, tales como canicas, dientes, lagartijas disecadas, monedas de otros países y un par de calcetines viejos.

Paula, que tenía su cama del otro lado de la habitación y junto al libero y a la cómoda, mantenía sus cosas con mayor orden; sus muñecas, por ejemplo, las guardaba delicadamente en un cajón, y sus diademas, que muy pocas veces usaba, del otro lado y adentro de una caja de madera. En el librero marrón de la esquina había libros tanto de Paula como de Julio, algunos desde cuentos muy cortos hasta novelas que franqueaban las setecientas páginas; Paula estaba orgullosa de decir que los había leído casi todos.

Delante de las camas había dos armarios en los que guardaban su ropa, de donde Julio, apresuradamente, tomó la mochila negra y amplia que su padre le había obsequiado, y Paula preparó su ropa, además de agarrar también una linterna roja y su cuento navideño favorito, que lo tenían en una edición muy antigua y pertenecía a la colección que Charles Dickens había escrito. No demoraron mucho más y bajaron a prisa, dispuestos a irse con el abuelo.

El reloj de la sala marcaba las 4.12 de la tarde, y si no se daban prisa, puesto que para llegar con el abuelo tenían que cruzar el pueblo y viajar por carretera, la noche los atraparía antes de lo esperado y no sería agradable,

De frente al Reloj Monumental, que estaba situado en la Plaza Independencia y del que les he hablado antes, se paraba una mujer con un carrito a vender elotes, sabrosos y crujientes. Así que antes de continuar, Patricia se detuvo y les compró a los gemelos un vaso de elote desgranado; y cuando la chica lo probó, los crujientes granos calentitos del maíz y el derretido queso la hechizaron de un gustillo formidable.

—Me encanta —musitó, comiéndose el elote.

A pesar del tiempo que les tomó llegar, el camino se sintió ligero, porque la carretera que llevaba a la casa del abuelo se hallaba en muy buen estado, y adentrarse en el bosque, no fue para nada peligroso.

Y cuando giraron a la izquierda, apareció ahí, plantada a mitad de los árboles, la casa de madera, pintoresca y de tejado rojo.

El viento se dejó venir en un torrente escrupuloso, y Patricia, Paula y Julio, al bajar del coche y aguardar de pie afuera del umbral, esperando a que abriesen la entrada, tiritaron de frío y se estremecieron cuando el viento les acarició la cara.

—Oh, pasen, pasen. —Por la puerta de madera se había asomado la redondilla cabeza de Esmeralda, una chica baja y rechoncha de cabello rizado y pronunciadas curvas, quien era el ama de llaves en la casa, además de cocinera y lava todo.

Sin demorar más de lo necesario, pasaron por la puerta y se metieron en la casa.

La chimenea salpicaba un fuego lento y cálido, irradiando un delicioso calor que matizaba la sala comedor y la cocina.

Esmeralda, ayudando a los chicos a quitarse sus chamarras, las colocó en el perchero que estaba junto a la puerta, a un lado de la ventana.

—Por un momento, llegué a pensar que no vendrían —informó Esmeralda, con ese tono suyo cansado y agitado que tenía.

—Nos detuvimos por elotes —le explicó Julio.

—Ah, ya veo —y asintió Esmeralda.

Mientras entablaban esta irrelevante conversación en el salón, el abuelo Fausto apareció por la entrada de la cocina, mostrando una amplia y próspera sonrisa.

—¡Abuelo! —gritaron los gemelos, al verlo llegar.

Compartiendo un abrazo cálido, Patricia, Paula y Julio compartieron un cálido abrazo con el abuelo Fausto. Era un hombre alto y entrado en años, con más cabello blanco que café, y con unos ojos marrones que, a pesar de los años, reflejaban belleza y juventud.

—Gracias —empezó a decir el abuelo a Patricia—por haberlos traído.

—Insistieron mucho —fue la seca respuesta con la que Patricia contestó—. Bien, tengo que irme; no quiero que me toque mal clima.

—¿No probarás la tarta de queso que he preparado? —preguntó Esmeralda en un tono que reflejaba su decepción, dejando caer luego los hombros con un lánguido suspiro.

—No. —contestó Patricia. —Me temo que no.

Y despidiéndose de sus hijos con un desabrido abrazo se marchó de la casa.

Sobre la cálida chimenea de la sala, había una viga de madera en la que posaban dos flores noches buenas, deliciosas y frescas flores rojas.

El abuelo Fausto, sintiendo la ausencia de una cálida conversación, aprovechó para informarles la próxima tarea que habrían de realizar.

—Falta solamente traer el árbol navideño.

—Y ¿en dónde está? —dijo Julio, mirando hacia todas partes sin encontrarlo.

—Es parte de una sorpresa que estaba preparando —continuó el abuelo.

—¿Así que…? —insinuó Paula.

—Irán ustedes con Fernando al bosque a cortar el pino —ese tal Fernando era el hombre que ayudaba al abuelo Fausto con las pesadas de jardinería.

—¿Es una broma? —dijo Julio, medio que asustado medio que emocionado.

—Más o menos —sonrió Fausto—. Yo no puedo salir; tengo un problema delicado de salud, y andar por el bosque a estas horas no me vendrá nada bien. Pero ustedes que son jóvenes y fuertes seguro que pueden soportar las leves corrientes de aire frío.

Los gemelos se miraron, confusos e inquietantes, y sonrieron al darse cuenta de que resultaría todo una aventura salir al bosque sin que nadie les regañase por una cosa o por otra.

—Será estupendo ir —concluyó Julio.

Fausto sonrió, complaciente y agradecido.

—Francisco está en la cochera arreglando la base de madera que llevará el árbol. Pero háganme un favor —añadió su abuelo—: lleven esta caja de focos a la bodega de allá afuera; no es la correcta. En su lugar, traigan una de color verde chillón, ahí es donde están los que funcionan bien. Arrópense bien.

Asintiendo, Fausto se encaminó rumbo a la puerta, que daba entrada al corredor, que entonces llevaba a la habitación del abuelo y luego a su estudio, y se cerró de golpe detrás del viejo hombre que la jaló.

—Bueno, supongo que debemos llevar la caja —dijo Paula, mirando a su hermano.

Esmeralda, sigilosamente, se había esfumado de la sala puesto que se hallaba muy ocupada preparando empanadas de calabaza, así como el chocolate, y no quería que nada sobrepasara el punto en que debía ser cocinado.

Los gemelos se quedaron solos en la sala, y la idea de ir a la bodega, entonces pareció agradable.

—Quizás encontremos algún tesoro —dijo Julio, sonriendo y fantaseando.

La bodega de afuera era un cuarto de cemento construido en la última parte del terreno, allá a lo lejos, después de la cochera. Grande y medio abandonado, era un sitio rodeado de arbustos y pinos altos; se parecía, en medidas y altura, a la mitad de lo que medía la recámara de los Telles.

La puerta tenía un candado, pero alguien había olvidado cerrarlo. Paula lo sacó de la cadena y empujó la lápida de hierro que hacía la función de puerta. Encontró dentro un interruptor y lo encendió, moviéndose luego para dejar pasar a su hermano, que llevaba cargando la caja de luces.

—Supongo que puedes ponerla por ahí —le dijo la chica, señalando un rincón vacío. Julio hizo unas muecas y dejo caer la caja; al tocar el suelo, las paredes se estremecieron, retumbando, y algo dentro de la caja se quebró.

—Creo que se ha roto algo —murmuró el niño.

—Qué listo —suspiró la chica, sintiéndose adulta.

—¿Qué caja es la que tenemos que llevar? —preguntó Julio.

Había muchas cajas de maderas y cartón esparcidas por todas partes, llenas de cosas, así como esas bodegas repletas con desorden que la gente no necesita pero que insiste en conservar por su un día se vuelve necesario hacer uso de dichos objetos.

—Entre tantas cosas —dijo el niño—, será difícil encontrarla. Busquemos una que diga algo sobre focos o luces navideñas.

La mayoría de las envolturas llevaban grabado el nombre de lo que había dentro, pero desgraciadamente, ninguna se ajustó a sus ideales.

Revolviendo muebles y objetos, se detuvo un instante. Y vio entonces, reposando sobre la estantería de un librero de hierro, a una mediana caja de madera, labrada con delicadeza y marcada con figuras indefinidas sobre los bordes de madera, hechas a base de metal y oro.

El niño se paró sobre unas bolsas que contenían alguna estatua vieja, y sin tiempo casi para darse cuenta, resbaló hasta el suelo arrastrando consigo un montón de cajas, entre las cuales se hallaba la preciosa de madera que había visto sobre la estantería, pues todo el librero de metal se vino abajo cayendo sobre el chico.

—¡Cuidado! —gritó Paula.

Mortificado por el asunto de que su hermano se hallase debajo de todas aquellas cosas, se lanzó a removerlo todo y buscar al pequeño niño, que intacto como Daniel en el pozo de los leones, había asomado la cabeza y ahora miraba a su hermana, despreocupado y riendo.

—¿Estás bien? —preguntó Paula. —No hay nada gracioso, algo muy malo te pudo haber pasado

—Sí, claro que estoy bien —contestó el niño—.De hecho, estoy muy bien. Mira.

Las manos pequeñas de Julio, sostenían el cofre que antes había capturado su atención, y curioso hasta la médula, la tendió a su hermana para que la abriera.

—Es un cofre muy bonito —dijo la chica.

—Ya lo creo —asintió el niño—. Y si no piensas abrirlo tú, lo haré yo mismo.

—Pero… —dudó la niña.

Atrayendo de vuelta el cofre, Julio Telles levantó la tapa. Al principio estaba atascada, pero con algo de fuerza consiguió abrirla.

—Vaaaya… —suspiraron los niños al mismo tiempo.

Una luz dorada emanaba de la grande esfera que había en el interior de aquél mágico cofre, y resplandeciendo como una estrella de la noche, la esfera se dejó admirar por los gemelos Telles, brillando con majestuosidad y hermosura.

—¿Qué será? —preguntó Julio, no muy seguro de que en realidad hablaba en voz alta.

—Es una esfera, claro —contestó la niña con acento burlón.

—Eso ya lo sé —agregó Julio—. Pero es de cristal, y no parece ser un cristal cualquiera.

Contemplando cada movimiento mientras acercaba sus manos a la esfera, poco a poco sus manos la tocaron, y el niño se atrevió a sacarla. Se sentía como un hechizo inquebrantable, romántico, quizás algo peligroso.

—Es deslumbrante —murmuró Julio.

—¿Para qué servirá? —inquirió la niña.

—Pues para colgarla en el árbol, claro.

—Deja que la agarre —exigió Paula, y alargó sus brazos en un arrebato para sostenerla.

Resistiendo, el niño no cedió ni un poco el objeto; y sin que ninguno de los dos pudiese hacer algo al respecto para impedirlo, pues ya era demasiada tarde, la esfera dorada de cristal resbaló de sus manos, y se quebró, igual que una taza frágil de porcelana hubiera hecho.

Contemplando la desgracia que ocurría, Paula y Julio se miraron.

—Esto es malo —musitó Paula.

—Ha sido tu culpa —le acusó Julio, triste de haberla roto.

—Ha sido culpa de los dos, Julio. Lo sabes bien.

—Echarme la culpa, no me importa. Pero el abuelo va a matarnos cuando se entere de que hemos roto su esfera de cristal.

—Parecía ser muy cara —agregó Paula, suspirando—. Mamá se enfadará un montón si el abuelo nos exige pagarla.

Julio contempló los trozos de cristal, quebrados y despilfarrados en el suelo, y entonces no le parecieron tan puros y perfectos.

—No tienen por qué enterarse —murmuró el niño con algo de vergüenza.

—¿Les vamos a mentir? —exclamó Paula.—No, eso está muy mal.

—No —le calmó el niño—, no les vamos a mentir. Simplemente, no diremos nada de lo que ha pasado aquí. Ni siquiera comentaremos el desastre que hemos hecho y nadie tendrá que saber lo que pasó. Vamos, échame una mano para guardar los cristales de vuelta al cofre.

Así, los gemelos Telles regresaron los cristales rotos y ordenaron a cómo pudieron las cosas que habían resbalado. Y poniendo todo de vuela en su sitio, salieron de aquella tenebrosa bodega.

Fue en ese momento cuando la voz de Fernando resonó en el aire:

—¡Niños! —les gritó.

—Rápido, Julio, vamos. Seguro que quiere ir por el pino al bosque.





***





Los gemelos echaron a correr, presurosos y algo culpables por la ruptura de la esfera, y llegaron hasta donde estaba Fernando, fuera de la cochera, sosteniendo un serrucho con su mano derecha, listo para salir en busca del perfecto árbol navideño.

Les tomó una hora llegar hasta el lugar, y casi otra más para volver. No obstante, su regreso resultó victorioso puesto que traían consigo un hermoso pino verde que emanaba una deliciosa fragancia natural.

De vuelta a la estancia de la casa, el calor se apoderó lentamente de ellos y nuevamente disfrutaron el cálido abrazo que el fuego de la chimenea les brindaba.

Paula, deteniéndose un instante para mirar la hora, vio que era las siete de la noche, pasadas.

Asomando su rechoncha cabecilla, Esmeralda miró por la ventana, sigilosa, y tras unos momentos de incertidumbre en su semblante, se volvió a la sala.

La tarea de adornar el árbol fue relativamente sencilla, porque Esmeralda se ocupó de las luces y los niños de poner los adornos extras.

Al finalizar la emocionante tarea de adornar el pino (aunque habría resultado mucho mejor si el abuelo hubiese estado con ellos), Esmeralda les ofreció las empanadas y el chocolate que había estado preparando. No obstante, Paula percibió algo curioso en la uña pequeña de la mano izquierda de Esmeralda, pues en lugar de hallarse pulcra y perfecta, como el resto de sus uñas, la encontró rasgada y mugrienta; le pareció un descuido de lo más desagradable.

—Gracias —dijo Fernando, cuando la mujer le ofreció el chocolate caliente—, pero a mi no me apetece. Tengo trabajo afuera que debo terminar.

Haciendo una mueca de ofensa, Esmeralda apartó la mirada, desdeñosa, y le ofreció un poco más a los niños.

—Aquí tienen, chicos.

—¿En dónde está el abuelo? Casi ni lo hemos visto —preguntó Julio. Había dejado su taza sobre la mesa mientras caminaba hasta la chimenea, donde se sitió un poco ausente y solitario; realmente, le habría gustado que el abuelo Fausto pasase más tiempo con ellos.

—Oh —suspiró Esmeralda, chasqueando la lengua y negando—. Le entró un mareo mientras ustedes estaban en el bosque, y decidió acostarse un rato. ¿Por qué no terminamos de decorar el árbol navideño? —propuso de pronto—. Los adornos están en esa caja de ahí. No creo que le haga falta más luces, se ve muy bien así como está; pero un poco más de esferas no le vendría nada mal. Ánimo, no se desanimen. Hay que darle una sorpresa al abuelo Fausto cuando se despierte.

En respuesta a las palabras de la cocinera, los gemelos se levantaron y recobraron sus fuerzas, animándose y terminando las decoraciones que habían comenzado.

No obstante, Esmeralda se comportaba de una manera extraña. Miraba de cuando en cuando por la ventana, con el ceño fruncido, y murmuraba palabrotas mientras regresaba su mirada a la estancia.

Algo curioso le pasaba… Sin embargo, los gemelos Telles no se dieron cuenta de ello.

Fernando, que había salido de la casa unos minutos luego de su incómodo diálogo con la muchacha, había olvidado un martillo encima de un sofá de la sala. Esmeralda, al verlo, frunció el entrecejo y pidió a Paula y Julio, muy enfadada y obsesionada, pues llevaba toda la tarde limpiando la casa, les dijo que se lo llevasen de vuelta para que el despistado hombre lo guardase en su sitio.

Observando el frío exterior, los gemelos intercambiaron una mirada desairada y no les quedó otra opción más que completar en mandato recibido. Así que Julio, tomando el martillo, salió de la casa, arropándose muy bien, para luego ser seguido por su hermana mayor.

El cielo de las ocho se había llevado casi toda la luz del sol, y en su lugar, la luna alumbraba su camino como un extraviado farol.

La luz de la cochera se veía lejos, escondida bajo las ramas de los muchos árboles, y Paula apresuró el paso puesto que deseaba regresar a la casa lo más pronto posible.

Su hermano se había quedado atrás, y cuando la chica se giró para decirle que caminara con más prisa, sintió que la sangre se heló, tras el terror de la escena que a continuación percibió.

Y gritó muy fuerte, porque Julio, el pequeño niño de sonrisa curiosa y alegre, estaba siendo tragado por el robusto tronco de un árbol grande; parecía inconsciente, como si su cuerpo no le perteneciese más, y llevaba los ojos abiertos, fijos en la nada.

Y un instante después, no quedó nada del pequeño.

—¡Esmeralda! —gritó a todo pulmón la niña, entrando en la casa.

La muchacha se hallaba en la cocina (¿dónde más?) y dio un brinco leve al escuchar los gritos de la niña.

—Cielos, niña, ¡me asustas! —contestó esta—.¿Qué es lo que te pasa? Uno podría jurar que has visto un fantasma.

—No fue exactamente un fantasma —jadeó Paula—, pero sí a un árbol que se ha tragado a mi hermano. ¡Necesitamos hacer algo y ayudarlo! —suplicó entre sollozos.

—¿Me quieres tomar al pelo? —insinuó Esmeralda, ofendida y sin creer absolutamente nada de lo que la niña le decía.

—No, por supuesto que no —insistió—. Trato de decirte que mi hermano está en peligro, ¡y que tenemos que ayudarlo! ¡Se lo ha tragado un árbol!

La muchacha rechoncha enderezó la espalda y a continuación se aclaró la garganta.

—Muchachita —empezó a decirle Esmeralda—, quizás soy joven, pero a lo largo de mi vida, mis nervios han sido alterados de una forma muy desagradable, y no me parece nada gracioso que tú y tu hermano me tiendan bromas como estas. No es mi problema que sus padres no los atiendan como es debido; y, por desgracia suya, yo no soy responsable de eso, y les advierto: no jueguen conmigo porque bien no les irá. Ahora, busquen algo para hacer y dejen que trabaje en paz. Fuera, fuera —le pidió, desinteresadamente. Y como si nada extraño estuviese sucediendo, comenzó a tararear una melodía armoniosa, dulce, casi alegre, que molestó tanto a Paula que cerró la puerta de golpe y fue directamente al estudio de su abuelo. Porque si había alguien amable en aquella casa que estuviese dispuesto a ayudarla, era el abuelo Fausto.

Pero cuando entró al estudio, no encontró a nadie. Observó con sigilo las paredes repletas de libros, los mapas colgados sobre un corcho y las fotografías de viejos recuerdos sostenidos en la pared. Pero el abuelo no estaba en la silla del escritorio ni en el sofá junto a la ventaba.

Regresó cuidadosamente por el pasillo y se detuvo delante de la recámara de Fausto. Porque, si no se hallaba en su estudio, naturalmente debía estar adentro de su habitación.

Hacía un montón de tiempo que no entraba a ese lugar, y fue por ello que se sintió asustada, un poco preocupada, y un escalofrío a largo de su cuerpo, desde los pies a la cabeza.

Y por un momento, le pareció que mejor no quería pasar.

Pero entonces recordó a su hermano Julio, en lo muy asustado que seguramente estaba y en cómo se estaría sintiendo ahora. Así que se armó de valor y giró el picaporte, empujando la puerta de un golpe.

Era una recámara similar al estudio, con tapices marrones y rayas un poco más obscuras; y con esos muebles curiosos que parecían traídos del siglo pasado. A un lado de los espejos, había retratos del abuelo y la abuela, juntos, cuando ella aún vivía. Y por algún motivo extraño, Paula pensó que, el cofre que habían hallado en la bodega, donde dentro estaba la esfera, parecía haber pertenecido por un tiempo a aquella habitación.

En la cama, debajo de las colchas, dormía el abuelo Fausto.

La joven Telles se sintió algo intimidada, y una vez más pensó que mejor lo despertaba luego. Entonces se acordó que ese «luego», quizás nunca más volvería a existir.

—Abuelo —susurró la niña, con delicadeza—. Abuelo —insistió—, despierta.

Sesudamente, el viejo hombre abrió los ojos, como regresando lentamente de un mundo muy lejano, y se quedó quieto por un momento; luego se reincorporó y se frotó los ojos.

—Paula —murmuró él abuelo—. Hola, hija. ¿Qué ocurre?

—Oh, abuelo —dijo ella, desmoronándose en sollozos—. Se trata de Julio.

Fausto, levantándose y abrazando a su nieta, le miró muy seriamente y le hizo la siguiente pregunta:

—¿Qué pasa con Julio?

—Oh, abuelo. Sé que te parecerá absurdo, es lo mismo que piensa Esmeralda, pero te digo completamente la verdad —e hizo una pausa, donde se secó las lágrimas y se sentó a un lado del abuelo—. Todo sucedió cuando salimos a regresar un martillo a Fernando, porque lo había olvidado en la sala. Estaba muy frío, y yo quería llegar pronto, entonces cuando me giré para mirar a Julio, un árbol se lo estaba tragando. Y no pude hacer nada, y fue muy feo.

Una vez más se echó a los brazos del abuelo y volvió a llorar.

Al escuchar todas estas palabras, el abuelo había tomado una postura distinta. Se había levantado de la cama y ahora caminaba de un lado de la habitación hasta el otro, murmurando palabras y pensando mucho. Mantenía consigo mismo una conversación, de la que Paula no formaba parte, y hacía movimientos bruscos con los brazos, como tratando de encontrar una solución a todo ello. Sin duda, había creído todo lo que Paula le decía.

—¿Dices —quiso saber Fausto— que un árbol se lo tragó, a mitad del camino?

—No te estoy haciendo una broma, abuelo. ¡Te digo la verdad! Es totalmente cierto lo que te he contado, ¡tienes que creerme!

—Hija, hija, —le tranquilizó el abuelo, inclinándose a su lado y posando sus huesudas manos sobre los hombros de la chica—: te creo. Todo lo que dices, yo te creo.

La niña lo miró, y entonces volvió a llorar.

—Oh, abuelo —le dijo—, estoy muy asustada. ¿Qué le ha pasado? ¿Se ha muerto?

Manteniendo la calma y pensando, el abuelo se aclaró la garganta y articuló la siguiente pregunta:

—Además del árbol que se ha tragado a Julio, ¿has visto algo extraño durante el día? Tal vez, algo que hayan hecho o sentido…

—No —lloró ella—. Todo ha sido normal. No he visto nada diferente, y no hemos hecho nada malo.

—Ya, ya —le consoló Fausto—, te creo, hija. Está bien.

—Espera —agregó Paula de pronto—. Ahora que lo dices, sí. La esfera, la esfera dorada.

El rostro de abuelo se volvió pálido y fúnebre, como si algo realmente malo acabase de pasar.

—¿La… la esfera dorada? —titubeó—. ¿Qué ha pasado?

—Julio y yo —explicó la niña— fuimos a llevar una caja de focos a la bodega de afuera, la que está en la esquina. Y vimos, sobre un librero de metal, un cofre de madera que nos pareció muy interesante; Julio lo bajó y lo abrimos. Adentro encontramos la esfera dorada de cristal, que nos pareció muy bonita, así que la sacamos. Pero… Oh, no era nuestra intención quebrarla, de verdad que no. Aunque —añadió—, es solo una esfera, seguro que eso no tiene nada que ver con lo que le ha pasado a Julio… ¿verdad, abuelo?

Cualquier brillo de esperanza en la mirada del abuelo, se desvaneció como fino polo al escuchar la historia que si nieta le contaba. Su cuerpo pareció también hundirse en un abismo de dolor, de desesperanza y angustia. Entonces pareció muy viejo y asustado. Y temblando, se llevó las manos a la cabeza y se agarró de los cabellos, enfrentando un momento de ansiedad. Corrió a tropezones hasta a ventana, donde luego arrastró la cortina para que no se viese nada, y se dejó caer una vez más con pesadez sobre la cama.

—¿Qué te ocurre? —preguntó la niña, terriblemente asustada.

—Silencio —dijo a prisa Fausto, callándola—. No es momento de hablar. La esfera se ha roto, y eso significa un problema tremendo —aclaró, poniéndose de pie y metiéndose al cuarto de baño para luego regresar cambiado y arreglado, dispuesto a ir a la ciudad. —Ven conmigo —le pidió a su nieta después, dulcemente—. Te lo voy a explicar todo en el estudio.

Anduvieron de puntillas hasta el estudio, conservando el mayor silencio posible y cuidando que ni siquiera Esmeralda atisbara en ellos. Fausto murmuraba palabras y frases de todo tipo, mirando hacia todas partes, procurando no llamar la atención de nada ni nadie.

Poco antes de llegar al estudio, Paula miró el reloj colgado de la pared y pudo ver que faltaban muy pocos minutos para que marcara las nueve de la noche. Así que se sintió desfallecida y triste, pues era nochebuena, casi el día de su cumpleaños, y ella estaba sola sin su hermano.

Cuando la niña y el abuelo entraron al estudio, Fausto procuró cerrar la puerta, echándole candado, y rápidamente anduvo hasta el escritorio, donde lo revolvió todo y rebuscó entre los cajones y los libros.

Y entonces, de una pequeña caja, que estaba dentro de un sobre, que a la vez permanecía en un cajón, adentro de otro cajón más grande que tenía el escritorio, sacó una llave de metal. Caminó luego hasta uno de los libreros, el que estaba frente a la ventana, y rebuscó ferozmente por todos lados, arrojando libros que se interponían en su camino y metiendo la cabeza en los huecos en busca de algo que Paula no entendía.

Y ahí, detrás de los libros e incrustada en la pared, halló Fausto una pequeña puertecilla de hierro, y metió la llave de metal adentro de la cerradura, dándole un giro brusco para abrirla. Acercó la cabeza al interior de la caja fuerte, y cautelosamente, Fausto alargó la mano para tomar algo.

Fue cuando Paula pudo ver, bajo la tenue luz de la bombilla, un sombrero de lo más normal. Era viejo, estilo cincuentero, y estaba descolorido por algunas partes. La tela con la que estaba hecho era de tonos obscuros, negros y verdes, como cualquier sombrero que un hombre entrado en años usaría para ir a tomar un café con los amigos.

Envolviendo con su cuerpo el sombrero de tela, Fausto corrió hasta el escritorio, de donde consiguió sacar un revolver moderno, negro y lúcido.

Durante todo ese tiempo, Paula no se atrevió a pronunciar palabra alguna. Se mantenía quieta y serena, observando a su abuelo y tratando de entender algo en medio de aquel enredo.

—Ven, Paula —le pidió el abuelo. Se había sentado en la silla del escritorio y el revolver lo había guardado debajo de su chamarra, escondiéndolo, y el sombrero lo sostenía con sus manos—. Siéntate aquí en el suelo, junto a mí. Tengo que ordenar mis ideas, y creo que es adecuando que lo haga con tu ayuda. Verás, se trata de un montón de cosas extrañas, pero eres lo bastante mayor como para entenderlo. Te voy a contar… Mira, todo empezó con este sombrero de aquí —contó el abuelo, mostrándole el sombrero—. Es muy viejo, ¿sabes? Hace ocho años me lo regaló un vendedor ambulante en una Feria de Juegos Mecánicos. Le hice un favor: salvé la vida de su mujer. Y el muy tonto, me lo regaló agradecido, como si me estuviese dando su tesoro más preciado. Era un sombrero gastado, y no me quedó de otra más que aceptar su regalo; después de todo, ese hombre era pobre y no podía caer sobre él mayor desgracia que un hombre despreciando su obsequio de agradecimiento. En un principio, me pareció ridículo conservarlo, pero entonces hallé adentro del sombreo un pequeño papel, amarillo y muy viejo, que contenía las instrucciones sobre cómo debía usarse aquella prenda. Sin explicación, el papel apareció ahí, y encendí así una enorme cantidad de cosas. El sombrero tiene nombre, hija, y no se trata de cualquier objeto. Paula —añadió, mostrando el trozo de tela gruesa—, se llama Sombrero Fedora. Es un sombrero mágico que concede deseos.

«El papel que encontré —continuó contando el abuelo Fausto—, decía las cosas de manera clara, y pronto me di cuenta de que había sido confiado a mí por una razón en particular. La esfera dorada de cristal que encontraron en la bodega, había sido un deseo que yo le pedí al sombrero cuando supe de la existencia de los Elfos Oscuros. Son unos seres altos, fuertes y muy poderosos que viven debajo de la tierra, en su mundo llamado Svartálfar. Son invisibles para los humanos, y por décadas se han dedicado a buscar el Sombrero Fedora. Desean pedir volverse visibles para poder combatir a los humanos y habitar el mundo exterior, nuestra tierra —y a este punto de relato, Fausto se detuvo a tomar aliento. En este instante, el abuelo Fausto se detuvo a tomar un poco de aliento.

—Pero, abuelo —añadió Paula, envuelta en confusión—, ¿qué tiene que ver todo esto con la desaparición de Julio?

—La esfera, hija, era mágica también —le explicó—.